Auckland – Northland

Hauraki / Isla Rangitoto

Auckland no fue lo que esperaba o, por lo menos, no lo que deseaba. Había creído que la ciudad más importante del país que siempre quise conocer sería hermosa y honraría a todas mis expectativas fantaseadas. Nada de eso ocurrió, me encontré con una ciudad que, sin ser fea, no es bonita. Tal vez me falten palabras para describir una sensación que está en el aire, que toma sentido al atravesar cada barrio y que insiste con que abandones la ciudad en cada esquina. Podría asegurar que le falta algo, pero no aseguraría lo que es, podría enumerar todas las cosas que me gustaron, pero no sería capaz de decir ni una que no me haya agradado. Y así y todo, cuanto más la recorría, más ganas de irme tenía.

Albert Park

Sin duda alguna, lo mejor de Auckland son sus parques. La mayoría son volcanes inactivos que se erigen por toda la ciudad, dominando el cielo con sus cráteres tapizado de un impecable verde inglés. Y entre los parques, la joya es el Auckland Domain, el parque más antiguo de la ciudad, 75 hectáreas de belleza irrefutable donde existen rincones rescatados de un sueño celestial.

Mount Eden

Todo lo demás de la ciudad es evitable. Pero aún así, describiré el resto de barrios que merecen una mención. Tal vez el barrio con más “personalidad”, pero incluso así sin brillo, es Ponsonby, donde hay bares con buenas intenciones estéticas y se puede beber alguna que otra rica cerveza artesanal. Para salir, también los barrios de New Market y Parnell, pero allí el ambiente es menos relajado y algo más pretencioso. Pero seguramente, la zona más “elitista” para tomarse algo es Princes Wharf. Una especie de Puerto Madero de Buenos Aires, donde encorbatados se congregan después de la oficina en busca de diversión.

Otro barrio que hay que visitar es Newton. Allí, los restaurantes étnicos y las tiendas de segunda mano se suceden por la calle Karangahape. No es un barrio particularmente lindo, pero el ajetreo de la diversidad le da una vida del que el resto de la ciudad carece.

Auckland

En Auckland hicimos todos los trámites aburridos que requiere mudarse a otro país. Comprar una tarjeta para el teléfono, abrir una cuenta bancaria y comprar un auto. Todos salieron bien menos el último. Comprar un auto usado y barato siempre es una lotería, pero cuando el ansia de escapar de una ciudad que no te agrada es más fuerte que cualquier consejo razonable, el panorama puede empeorar. Y así nos fue… compramos un auto que requirió todos los arreglos que nuestra falta de templanza merecía.

Una mención aparte se merece la gente de la ciudad que conocimos. Para empezar, Mary y Wayne, una pareja que conocí en Bilbao el año pasado cuando fueron a comer al restaurante donde yo trabajaba. Al comentarles que tenía ganas de ir a Nueva Zelanda, me pasaron su contacto y estando acá los llamé. Nos pasaron a buscar por el hostel y nos llevaron a lugares hermosos de la ciudad, de esos que hay que ser local para saber de su existencia. Nos abrieron las puertas de su casa y nos dieron una mano en todo lo que pudieron.
La otra persona que debe ser nombrada en este post es Alex. Antes de salir de Bilbao nos pusimos en contacto con ella a través de Diabetes New Zealand, una especie de asociación de diabetes del país. Alex también nos abrió las puertas de su casa y se ofreció a guardarme la insulina en su nevera para que yo no tuviera que cargar con ella durante todo mi viaje. Sabiendo que había noches en las que iba a dormir en una tienda de campaña y que no podía refrigerar toda mi insulina, sino sólo la que entra en las cartucheras de Medactiv, fue de una gran ayuda la mano que nos dio Alex guardando y custodiando mi medicina.

Después de dos insoportables días intentando solucionar los problemas del auto, al fin pudimos poner rumbo hacia Northland. Las tierras altas del norte nos esperaban entre sueños de arenas infinitas y ancestrales leyendas maoríes. Y Northland nos regaló todo lo que Auckland nos había negado hasta entonces: el encuentro con la naturaleza salvaje, la perfección del paisaje intacto y la soledad de la inmensidad. En Europa es difícil llegar a un lugar, por más remoto que sea, y estar y sentirte solo. Nosotros, después de un camino sinuoso y escarpado, caminamos sin más compañía que nuestras sombras, un domingo a las 12 del mediodía por Sandy Bay. La sensación de libertad es real cuando se siente el privilegio de ser los únicos testigos de la vastedad del horizonte.

Sandy Bay

Nuestra primera parada en Northland fue Whangarei, aunque antes nos detuvimos en Mangawhai Heads para almorzar. Allí nos esperaba Cathy y su generosidad. La conocimos a través de Couchsurfing y nos hospedó 2 noches gratis, con la condición de que le habláramos del País Vasco. También en su casa estaba una pareja de suecos haciendo woofing y ayudándole con las obras de la cocina. Y así pasamos esos 3 días, con sobremesas interminables y charlando sobre las vicisitudes de la vida en diferentes países.

Mangawhai HeadsLangs Beach

Estando ahí, un día nos lanzamos hacia la costa oeste en busca de olas, a Baylys Beach. Sólo a una hora de Whangarei, y con la advertencia de Cathy retumbando en nuestros oídos, nos encontramos con la mismísima nada. Una extensión de arena inagotable se extendía frente a nosotros presumiendo de su desamparo y un mar indómito azotaba la orilla jactándose de su bravura. Nadie en la arena, nadie en el agua. No había mucho que hacer ahí más que contemplar la imponencia que se nos ofrecía con desinterés. Un largo paseo por la playa fue suficiente para darnos cuenta que eso se podía extender hasta el hartazgo, así que volvimos a Whangarei con la esperanza de que las previsiones de olas se cumplieran para el día siguiente. Y el mar no se olvidó de nosotros al amanecer y derrochó felicidad para todos los que estábamos jugando entre sus olas esa mañana en Ocean Beach.

Ocean Beach

Después de Whangarei, llegamos a Otamure Bay con el anhelo de que el mar fuera tan altruista como el día anterior. Pero el mar es caprichoso y no entiende de deseos ajenos, y ese día se parecía más a una laguna que a un océano. Entonces, nos dedicamos a recorrer las playas de la zona por el simple y preciado placer de conocer. La geografía accidentada del lugar hace que las playas se sucedan una tras otra con el mismo carácter pero con distinta personalidad que la anterior, con el mismo temperamento pero distintas en su esencia. Hay que subirse al auto, empezar a recorrer y bajarse en todas para darse cuenta que cada una tiene una característica fantástica que la hace especial.

Otamure BayOtamure Bay

Desde allí nos dirigimos a la playa más al norte del país, a Tapotupotu Beach. Y con más entusiasmo que ganas, nos metimos a surfear unas olas indecentes en un atardecer de ensueño. El cielo se empapó de un rosa crepuscular mientras el sol se escondía detrás de las montañas, y nosotros, entretanto, desgastábamos los últimos minutos de luz en un mar escarlata.

Esa noche, un terremoto castigó a la isla sur de Nueva Zelanda y en muchos pueblos de la costa sonaron sirenas avisando riesgo de tsunami. Mientras tanto, nosotros dormíamos plácidamente en una tienda de campaña casi sobre la arena de la playa, sin señal de teléfono, sin internet y con la irresponsabilidad de la ignorancia. Afortunadamente para todos los que estábamos ahí, el tsunami nunca llegó y pudimos desayunar a la mañana siguiente en aquel paraíso, y sin saber nada de lo que había sucedido más al sur.

Arbol Sagrado en Cape Reinga

A pocos kilómetros se encuentra el Cabo Reinga, el punto más al norte de Nueva Zelanda y lugar sagrado para los maoríes. Allí el Mar de Tasmania se junta con el Océano Pacífico y, según la leyenda maorí, el primero es hombre y el segundo, mujer, y ese es el punto donde los dos se encuentran. Los remolinos que ahí se forman con el choque de las dos corrientes representan la llegada de la mujer y el hombre juntos y la creación de la vida.
A la vez, este lugar es especial y sagrado para los maoríes porque las almas de los muertos dejan este mundo por aquí. En el último acantilado hay un árbol solitario desafiando a la gravedad y a la grandiosidad que se abre frente a él, y por sus raíces descienden las almas al inframundo (Reinga) para volver a su tierra de origen Hawaiiki-a-nui.
El lugar impresiona por su imponencia, por su azul profundo, porque el piélago se extiende sin fin en todas las direcciones y también por la mística que barniza todo el ambiente.

Cabo ReingaDunas desde Cape Reinga

Desde ahí bajamos a las dunas gigantes de Te Paki, otro lugar legendario, por lo menos para mí. Después de haber estado en el Zahara, en los Lençois Maranhenses, en Cabo Polonio y en otros lugares con dunas, pensé que ya no habría nada que me estremeciera así, suponía que ya había visto todas las expresiones de la naturaleza que tuvieran que ver con la arena y que fueran dignas de presenciar. Pero una vez más, la Tierra me sorprendió. Y lo que parecía un punto blanco en el mapa, resultó ser un mundo inabarcable de arena de mar. Las dunas se alzan al viento como colosos invulnerables, como si velaran por el mar inalcanzable. Es posible adentrarse en ese desierto eremita y perderse sin nunca llegar al mar, como si su color azul fuera un anhelo imposible, un añorado recuerdo cubierto por la arena.
Además, el viento que ahí sopla se lleva las palabras y los pensamientos. Con Ashley hicimos la prueba de gritar con todas nuestras fuerzas y, a una distancia de 10 metros entre nosotros, nuestras voces parecían dulces susurros que se desvanecían en la sencillez del viento. Todo en aquel páramo irreductible era de una supremacía desleal, como si la naturaleza quisiera demostrarte que sólo somos huéspedes circunstanciales en su hogar.

Damián en Te Paki

Te Paki

Desde ahí seguimos bajando hasta Bay of Islands, previa para en 90 Miles Beach, y decidimos parar en Paihia, un pequeño pueblo a orillas de la bahía. En Paihia todo sucede en verano, mientras tanto sólo puede obsequiar una bonita postal desde su muelle. En la época estival, desde ahí salen excursiones para pescar, para hacer buceo, para ver delfines y para todas las actividades que el mar pueda ofrecer. Fuera de temporada, es mejor ir a Kerikeri, nuestro siguiente destino. Siendo más grande y más bonito que Paihia, tiene más para mostrar como pueblo. Además, tiene una ubicación bastante estratégica en donde todo los pueblos de Bay of Islands son accesibles sin dedicarle mucho tiempo al auto.

90 Miles Beach

Kerikeri fue nuestra última parada antes de dejar Northland, las tierras altas del norte donde dejé parte de mi corazón y desde donde me traje la evocación de la inmensidad más perfecta que recuerde.

– DAMIÁN

Información para diabétic@s

En unas semanas publicaremos un post entero dedicado a la diabetes en Nueva Zelanda. Mientras tanto, diré las recomendaciones más básicas y necesarias para recorrer la zona donde estuvimos.

Es importante venir al país con un buen seguro médico porque la sanidad es en parte pública y también privada. Y según la visa que tengamos, el seguro es requisito indispensable para que te dejen entrar a Nueva Zelanda. Recordamos que la Correduría de Seguros Barchilon ofrece una seguro de viaje para diabéticos que es ideal para poder viajar tranquilos al otro lado del mundo.

También hay que tener en cuenta que muchas de las excursiones que vayamos a hacer o lugares que vayamos a visitar están alejados de cualquier vestigio de civilización. Por eso es importante llevarse alguna barritas de cereales, alguna bebida isotónica o los sticks de Gluc Up 15 para solucionar posibles hipoglucemias ya que, una vez allí, va a ser imposible conseguir algo para subirnos el azúcar.

Qué comer

La comida en Nueva Zelanda no tiene nada de especial y, generalmente, es mala y cara. No existe la comida tradicional neozelandesa y lo más típico que se puede comer es un plato que se llama Fish and Chips, un filete de pescado rebosado y frito y una cantidad ingente de papas fritas. El resto de la oferta gastronómica son restaurantes chinos, coreanos, indios o de comida rápida.

Lo destacable son la cantidad de verduras nuevas que encontramos en las fruterías y sobre todo las cantidad de tipos de boniatos que existen. Sobre este tubérculo hay opiniones encontradas, algunos aseguran que los diabéticos no pueden ni probarlo por su alto porcentaje de azúcar y otros, en cambio, que dicen que es bueno porque tiene un índice glucémico (I.G.) más bajo que la papa. En definitiva, lo que si hay que saber es que en 50 gramos de boniato hay una ración de hidratos de carbono y que su I.G. es de 50. En 30 gramos de papas fritas hay una ración de H.C. y tienen un I.G. de 70. Del pescado frito podemos decir que depende siempre del tipo de rebosado, pero, en general, se dice que un filete de 85 gramos contiene 1,5 ración de H.C.

Dónde dormir

En las ciudades o pueblos grandes de Nueva Zelanda la oferta de alojamiento es bastante variada pero en los lugares algo más alejados todo se limita al camping o a tener una buena camioneta preparada para pasar la noche. Nosotros hicimos de todo, dormimos en hostels por 20 euros en Auckland, conseguimos buenos cuartos por Airbnb a 30 euros, pasamos la noche en campings por 13 euros o menos y también alguna que otra noche en el auto en algún parking alejado.

En todos los lugares donde dormimos, y que tenían nevera, no nos pusieron ningún problema cuando les pedimos que nos guardaran la insulina. En general, la gente, sin saber exactamente para que sirve la insulina, es bastante comprensiva y amable cuando le dices que es tu medicina y que es necesario guardarla en frío. Por este motivo, no hay que tener vergüenza a la hora de pedir este tipo de favores ya que casi todas las personas siempre intentarán ayudarte.

 

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