Ceará

Luna Llena en Taiba

El amor por esa tierra empezó en el 2000. El calor atronador me hundió profundo en sus fauces y sus playas infinitas se clavaron en mi corazón anonadado. No había nadie en aquel lugar irreductible, sólo un sol infernal lastimando hasta las piedras y un mar esmeralda derrochando felicidad.

Hoy el Estado de Ceará es muy diferente. Las hélices eólicas, inmóviles intrusas, invadieron el paisaje y el turismo, despiadado, abrazó hasta los rincones más remotos. Pero aún así, el sol sigue hiriendo a los desprevenidos, el mar conserva su generosidad y las noches poseen esa mística apoteósica que sólo una cálida noche de verano puede esconder.

Los vuelos y autobuses llegan a Fortaleza, la capital del Estado, y desde allí, tanto para el sur como para el norte, los pueblos costeros se suceden impasibles, uno tras otro hasta la perpetuidad.

Fortaleza es una ciudad a evitar si lo que pretendes de tus vacaciones es algo de paz y tranquilidad. En la zona de la avenida Beira Mar los grandes hoteles están casi en el mar y mientras uno descansa en la arena a la sombra de una palmera, la procesión de vendedores ambulantes no te dejará apagar la mente ni un instante. Algo menos concurrida es la Praia do Futuro. Más extensa y con oleaje más salvaje pero todavía con los insistentes vendedores ambulantes, es la mejor opción si quieres sobrevivir a los constantes 35°C de esta ciudad que parece un gran baño turco.

Fortaleza

Yendo hacia el norte, la primer parada de interés es Cumbuco. Un pueblo, hasta hace poco intrascendente, que se volvió la meca de Kite Surf de todo Ceará. El turismo hizo que tanto la infraestructura y la dinámica del pueblo se alteraran por completo, con todos los beneficios y los perjuicios que esto acarrea. Por ejemplo, la oferta gastronómica es bastante más variada que en la mayoría de los otros pueblos, pero, a cambio, los precios también son los de una ciudad.

Siguiendo hacia el norte, el siguiente poblado es el tranquilo e imperturbable Taiba. Un pequeño pueblo de pescadores, todavía casi ajeno a las bondades y maleficios del turismo, entre un mar de olas incansables y dunas imposibles. Si el deseo es descansar y sentir que el mundo se ha olvidado de ti por un momento, no hay mejor lugar que Taiba. Y si encima tu pasión es el surf, es posible que los delfines te acompañen entre las olas y el atardecer.

Taiba

Hélices Eólicas en Taiba

Flores en Taiba

Los siguientes pueblos, Paracurú y Lagoinha, son mucho más grandes que Taiba, y sobre todo más “desarrollados” en términos turísticos. En el primero, se pueden ver las mansiones de la gente adinerada de Fortaleza a la vera del mar. En el segundo, cada vez se vuelven más comunes los edificios y la desnaturalización del paisaje en general. Las playas de los dos pueblos continúan teniendo el encanto de lo inabarcable y perenne pero ahora hay que caminar un poco más para encontrarlo…

Lagoinha

Continuando hacia el norte, la carretera se bifurca. Hacia la derecha nos encontramos con la “bulliciosa” Flecheiras, con sus piscinas naturales y sus buenos restaurantes. Todos los adjetivos que pueda utilizar para describir el ambiente de este pueblo siempre serán en comparación con el tranquilo y paradisíaco Mundaú, a la izquierda del camino.
La última vez que estuve ahí, con mis amigos Fran y Nico, la entrada al pueblo fue misteriosa y escamada. Una vez que doblas a la izquierda, la carretera transcurre abrazada por el mar y el desierto, y en una lucha sin ganador a pesar de la perseverancia y tiranía del tiempo. Cuando entramos al pueblo, los nativos nos observaban con una mezcla de estupor, fascinación y curiosidad. Sus miradas estaban repletas de preguntas, nuestras mentes también.
Mundaú está en la desembocadura del río del mismo nombre. Entre palmeras, se asoma tímido hacia el río, pero siempre con la promesa y la intención puesta en el mar.

Hélices Eólicas en Mundaú

Mundaú

Los pueblos continúan persistentes hacia el norte, Baleia, Icaraí de Amontada, Ilha do Guajirú, y así hasta llegar a la perla de la corona, Jericoacoara. Allí, donde la carretera se funde en la arena, las hélices eólicas se desvanecen y el paisaje enjuto se enaltece.

Playa de Jericoacoara

La primera vez que fui al Parque Nacional de Jericoacoara tenía sólo 19 años, aquello era el refugio natural de algunos hippies de la vieja guardia y el hogar inmaculado de algunos pescadores que profesaban el amor a su tierra por devoción a su mística y a su púrpura. Jamás me había sentido tan lejos en este mundo, como si ni siquiera mi propio nombre fuera capaz de acompañarme hasta este rincón del planeta. Allí las cosas “sólo” sucedían, entre calles de arena, entre personas sin pretensiones y entre paisajes impávidos, festejábamos el tiempo contemplando atardeceres irrefutables.
Hoy Jeri es bien distinto, es el destino turístico por excelencia de Ceará y los hoteles 5 estrellas y de lujo han hecho su aparición, irrumpiendo en la mansa paz de aquel lugar. Entonces, para observar lo que aún queda de genuino, es mejor ir en temporada baja, en otoño o primavera. Si vamos en temporada alta, el entorno todavía conserva su magia intacta, pero el pueblo se convierte en un gran centro comercial con el suelo de arena.

Pescadores en Jericoacoara

Mar de Jericoacoara

Para ser un pueblo tan pequeño, la oferta de actividades es extensa. Un día se puede ir hasta la Pedra Furada. Con marea baja el paseo se puede hacer por la playa aunque las piedras por momentos sean un difícil obstáculo. Por arriba, en cambio, el camino transcurre entre el secadío y la celosa vigilancia de los cactus. Con una mirada desprevenida, es fácil confundir los cactus con personas estáticas en aquel paisaje agreste y girar bruscamente la cabeza en busca de rostros aparentes.

Pedra Furada

Otro paseo obligado es la Lagoa do Paraíso. En buggy, el viaje hasta allí, que zigzaguea entre las dunas, es un vaivén de adrenalina. Al llegar, nos podemos acostar en una hámaca sobre las aguas cristalina de la laguna y soñar, dulcemente, con que el tiempo se detenga en ese instante.
Y no olvidarse de los atardeceres exquisitos que regala el mar de Jeri. Porque, aunque estemos en América y sea el Océano Atlántico, el Sol incombustible no se cansa nunca de prodigar sublimidad al final de cada día.

Atardecer en Jeri

O simplemente, salir a caminar por el desierto suntuoso, perderse entre dunas peinadas por el viento y dejarse hipnotizar por el ruido de la noche ecuatorial.

Dunas de Jeri

Para el sur, lo más digno es Canoa Quebrada. Con sus acantilados naranjas recreándose con el mar y su ambiente afable, hace que sea una parada obligatoria si viajamos por esa zona.

Después de más de 15 años de mi primer viaje a Ceará, todavía hoy, y cada vez que vuelvo, me sigue sorprendiendo la insensata pugna del terreno. El mar impredecible, el desierto solitario y la floresta exuberante se derraman insalvables entre la indulgencia del paisaje.
Y aún hoy, cuando el invierno riguroso azota Bilbao, a menudo me despierto anhelando el desalmado sol del Ecuador.

Oasis en Taiba

INFORMACION PARA DIABETIC@S

Tenemos que recordar que el calor hace que absorbamos mejor la insulina y, por ende, tendremos que recalcular nuestras dosis teniendo en cuenta que la temperatura mínima que podemos “sufrir” en esa tierra es de 23°C.

También debemos tener mucho cuidado con la insulina que no estemos usando ya que exponerla por mucho tiempo a tanto calor podría hacer que pierda su utilidad. Entonces, mejor llevar encima sólo la insulina que estamos usando y el resto dejarla refrigerada en el hotel.

A la hora de hacer deporte, procura comer alguna ración más de hidratos de carbono o inyectarte menos insulina porque el mar caliente invita a largas sesiones de surf. Yo, más de una vez, he tenido que salir del agua en busca de una coca-cola y de unas galletas para recuperarme de una hipoglucemia. Hay veces que pasa, pero se puede prevenir tomando los recaudos necesarios.

En los pueblos, debemos prestar mucha atención a los paseos a pie ya que en la mayoría, y dependiendo de lo lejos que queramos llegar, no tendremos ningún lugar para comprar algo que nos saque de una hipoglucemia. Por eso, procurar llevar algo encima para esos casos de urgencia e intentar volver al pueblo por si volvemos a tener otro bajón de azúcar.

Los que padecen pie de diabético deben tomar unos cuantos recaudos. Por empezar, el calor es tan fuerte que es casi un delito ponerse calcetines. Por este motivo, seguramente tengamos los pies siempre descalzos y sin ninguna protección más que las chancletas. Entonces, intentar que los pies no se resequen y periódicamente observarlos cuidadosamente para saber si tenemos alguna herida.

QUE COMER

Tal vez las mejores cosas que tenga Ceará, y Brasil en general, son la gran variedad de frutas que hay para elegir. A medida que nos vamos acercando al Amazonas, empiezan a aparecer las formas psicodélicas, las texturas insólitas y los sabores de ensueño que cada nueva fruta nos va a regalar. Enumerar todas sería sumergirnos en un aburrido espiral interminable. Pero si algo divertido hay en ese lugar, es entrar a un lugar de batidos y probar cada día uno distinto. Los diabéticos no debemos olvidarnos que tomar batidos de frutas no es la mejor manera de probarlas ya que la fruta al ser triturada suelta todo el azúcar de absorción rápida y hace que nuestras glucemias se disparen para luego bajar abruptamente.
Por otro lado, en Brasil también las mayoría de las comidas van acompañadas de arroz y judías negras. Da igual lo que pidas, siempre te pondrán un plato con arroz y otro con feijao, como le dicen ahí. Entonces recordar que en 100 gr de arroz blanco cocido hay, aproximádamente, 27 gr de HC y su Indice Glucémico (IG) es de 70. En 100 gr de judías cocidas hay 20 gr de HC y su IG es de 35.

DONDE DORMIR

Fortaleza, al ser una ciudad dedicada al turismo, ofrece un gran abanico de sitios para alojarse. Hay para todos los gustos y todos los bolsillos. En los pueblos la oferta disminuye y en algunos sólo hay dos o tres posadas para quedarse. Si vamos de mochileros y sin muchas pretensiones, siempre se puede hablar con algún local para que nos deje dormir en una hamaca en cualquier rincón de su casa a cambio de un buen precio. Seguramente esa sea la manera más barata de pasar la noche bajo un techo pero, en cambio, no tendremos el abundante desayuno que ofrece hasta la más barata de las posadas.

– Damián

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