Costa Rica

LANGOSTA

Siempre es especial subirse a un avión, esa sensación de inquietud que generan de por sí los aeropuertos, esas ganas de abarcarlo todo que devuelve la pantalla de “salidas” y esa excitación que te invade cuando tenés la tarjeta de embarque entre las manos. Todo ese sentir se multiplica si es la primera vez que viajamos a ese destino. Las preguntas se amontonan y las respuestas se idealizan, el avión carretea y el pulso se acelera, volamos, lo desconocido nos acecha.

Así me pasó cuando viajamos a Costa Rica. Nunca había estado en Centroamérica pero había escuchado tantas historias que llegué a pensar que me sería familiar. Nada de eso sucedió.

El viaje empezó en San Ramón, en el Valle Central. Nunca pensé que encontraría entre los trópicos un lugar tan parecido a Euskadi en su geografía y en su clima. Jamás imaginé que tendría que ponerme manga larga en estas latitudes.

Una tarde en San Ramón y a la mañana siguiente salimos hacia Guanacaste. Los padres de Ashley habían alquilado una casa en Langosta, pegado a Tamarindo.

Cuando bajamos del auto, el calor era atronador y las piezas ya empezaban a encajar, olía a mar. La casa era lujuriosa pero el Pacífico más aún. En una tarde había conseguido todo lo necesario para sumergirme en la más dulce de las rutinas, siempre presidida por el mar y el sol.Surfing en Langosta

Y así se fueron sucediendo los días, mañanas de surfing y tardes de turismo playero. Creo que así se me podría pasar la vida sin darme cuenta y sin tampoco pretender más.

Una tarde hicimos un paseo en velero, situaciones que uno jamás elegiría pero, apoyado por las circunstancias, las deja fluir sin prejuicios ni cuestionamientos. Además, tengo que admitir que me divertí, que vi cosas de colores imposibles bajo el mar, que el sol me obsequió un atardecer indecible, y aunque el alcohol no era bueno, era abundante.Isla desde el verleroAtardecer desde el velero

Lo realmente fabuloso de la zona es que las playas se suceden hermosas, impredecibles y distintas. Sin importar la distancia entre ellas, la exuberancia incansable se repite, e incluso así, todas son diferentes en su esencia. Para destacar, Playa Minas, de difícil acceso y de una virginidad inmaculada. También Playa Grande, emplazada en un parque nacional y rebosante de naturaleza. Por último, Playa Negra y sus piedras volcánicas decorando el lugar, pintas atezadas manchando la arena con sus tonos brunos.Playa Minas

Me habría quedado todas mis vacaciones ahí, ensimismado en el devenir del tiempo, sosegado por un sol que flagela y embelesado por un mar profuso. Pero el viaje continuaba, era 24 de diciembre y volvíamos a San Ramón a pasar la Nochebuena.

SAN RAMÓN

San Ramón

La familia de Melissa, la cuñada de Ashley, es numerosa y variada, reunidos en un garage estaban desde cafeteros hasta un candidato a la alcaldía de San Ramón. Pero sin duda alguna, la más destacada era la abuela Belissa. Con sus casi 9 décadas encima, derrochaba energía y sonrisas a quien estuviera dispuesto a recibirlas. La abuela todas las mañanas desayuna aguardiente de caña que, según ella, es el secreto que la mantiene viva y alegre. Además, una petaca llena de cacique la acompaña en su camino y, fiel compañera de aventuras, la sigue adonde va.

Cuenta la leyenda que una vez la llevaron a Perú, y mientras la mayoría la estaba pasando mal por la altura y por la falta de aclimatación, la señora volaba entre familiares aquejados y nauseabundos. Durante los paseos, llevaba la delantera, dejaba atrás a todo aquel que quisiera aguantar su ritmo y avanzaba sin dificultad en terrenos empinados. Belissa es de esas abuelas superbiónicas, que lo han visto todo y todavía tienen ganas de seguir viviendo. ¿A ver cómo llegamos nosotros a su edad? Si es que llegamos…

Durante la cena, la abuela me retó a un duelo culinario, me dijo que como ella no había nadie en el pueblo que preparara un plato típico de la zona. Asustado, tuve que asentir en silencio y bajar humildemente la mirada hacia el suelo. Muchos lustros de experiencia aventajan a Belissa, y frente a eso no hay lugar para la soberbia juvenil, hay que callar y aceptar la realidad. La señora, de 89 años, me habría humillado amargamente entre fuegos y cacerolas.

Vimos los fuegos artificiales y nos fuimos a dormir. Antes de las 12 de la noche estábamos todos acostados. Otra Nochebuena lejos de casa, otra Navidad habitualmente atípica.

Al otro día fuimos a la casa de la abuela a que nos deleitara con sus comidas y bebidas caseras. En realidad, la reunión giraba alrededor del pesebre, se habían juntado todos para rezarle al niño Jesús. Pero nosotros llegamos decididamente tarde y nos perdimos aquella solemne liturgia, “venimos a estar con la abuela” nos faltó decir.

Más tarde, fuimos a pasear por el plácido centro de San Ramón, y después de estar sentados en la plaza principal observando el ajetreo navideño, volvimos a almorzar al hogar de Dustin, Melissa y sus padres. Todavía nos quedaba una visita vespertina a la casa de Alejo, el político de la familia. Tarde de café y fabulosas anécdotas.

A la mañana siguiente, me di cuenta que había perdido la billetera con todos mis documentos. Entre la exasperación y la esperanza, decidí hacer el camino inverso hacia la plaza, el mismo que habíamos hecho el día anterior. Pensando en los caprichos del destino y los trámites que tenía por delante al llegar a Bilbao, rastreé en vano por todos los rincones de la plaza. Como último recurso y desalentado por mi suerte, me dirigí a la comisaria para saber si alguna alma bondadosa la había encontrado y dejado ahí. Para mi sorpresa, allí estaba todo, incólume y reluciente. Un empleado de la municipalidad la había hallado en la plaza y la llevó hasta la comisaría. No entraba en mi ser, me embargó una satisfacción intensa por recuperar todos mis documentos y por saber que todavía quedan personas buenas y desinteresadas en este mundo. Y a mi, una de esas personas, me ahorró mucho tiempo, dinero y salud.

Volví a la casa contento, regocijándome en mi dicha y dispuesto a continuar con nuestro viaje hacia la selva. Nos despedimos de la familia de Ashley y salimos con rumbo a Monteverde, pueblo a orillas del bosque nuboso.

MONTEVERDE

Bosque Nuboso

Luego de 3 horas de viaje, de las cuales 2 fueron por un camino de tierra, sinuoso y escarpado, llegamos a Santa Elena, la puerta de entrada a aquella ubérrima jungla nublada.

Dejamos las cosas en el hotel, almorzamos y fuimos ansiosos a internarnos en el bosque.

Todo aquel que estuvo alguna vez en la selva, sin importar en cuál de ellas, conoce esa sensación de fecundidad y abundancia que se despliega en todo el lugar, esa impresión de exuberancia y de vida incalculable que contagia cada rincón de la floresta. Esa evocación es el rotundo mensaje de la naturaleza absorta e impertérrita que desprecia la arrogancia del ser humano. Y ahí estábamos nosotros, bajo una lluvia disimulada pero tenaz e invocando la indulgencia de la Tierra, cuando el atardecer fue inevitable y la frondosidad de la jungla se alumbró festejando su opulencia.Atardecer en MonteverdeAtardecer en la Selva

Después del ocaso hicimos una excursión nocturna por el bosque, esta vez guiada y en grupo. El objetivo era observar la fauna del lugar, en su mayoría de hábitos nocturnos. Habría preferido hacerlo sólo con un guía y adentrarnos realmente en lo escondido, pero tampoco estuvo mal. Siempre es emocionante encontrarse con animales salvajes en su hábitat y ahí vimos perezosos, pájaros de colores, serpientes, tarántulas y unas cuantas alimañas más. Valió la pena el paseo, y sobre todo llevarnos en la memoria el sonido iracundo de la selva insomne.TarántulaRana de ojos rojos

Al otro día salimos con el amanecer hacia la frontera, llegaba Nicaragua a nuestro viaje. Pero esa es otra historia que contaré más adelante.

SAN RAMÓN

Los últimos días de nuestro periplo los pasamos en San Ramón ya que el vuelo de regreso salía de San José, a 60 km de ahí. Nos invitaron a conocer un cafetal y nos reencontramos, una vez más, con la naturaleza montuosa, pero esta vez domesticada y apacible. Allí, la madre y el tío de Melisa nos enseñaron a recolectar las bayas rojas que más tarde se convertirían en el sabroso café de Costa Rica. Mientras tanto, los jornaleros bromeaban por la dilación de nuestras manos y nos aleccionaban en la diligencia y perseverancia de la cosecha. No es trabajo para cualquiera, el campo se jacta de su inmensidad.Tio de MelissaCafetal en San Ramón

Así terminó nuestro viaje por Costa Rica, país de naturaleza plétora e indemne y de gente afable y genuina. Todos los que estuvimos alguna vez en esa tierra, la abandonamos con el vehemente anhelo de volver.

QUE COMER

La columna vertebral de la dieta en Costa Rica es el arroz y los frijoles, también conocido como gallo pinto. Tanto en el desayuno, como en el almuerzo o la cena la comida girará alrededor de estos 2 ingredientes sagrados. Por suerte, las frutas son abundantes y variadas, y si decidimos sumergirnos en ese mundo, las aternativas son infinitas. La piña o ananá es gloriosa, no lo olviden. También el mar es un eterno proveedor de alegrias culinarias para aquellos que disfrutan con el pescado.

Para los diabéticos, la repetición constante del arroz blanco en la dieta puede llegar a ser un inconveniente. Deberíamos tener en cuenta que en 100 gr de arroz blanco cocido hay, aproximádamente, 28 gr de HC y su Indice Glucémico (IG) es de 70. En 100 gr de judías rojas cocidas hay 17 gr de HC y su IG es de 35.

DONDE DORMIR

El turismo masivo en Costa Rica hizo que el país desarrollara una gran red de servicios destinada a los visitantes. Por este motivo, es fácil encontrar una extensa variedad de precios en los alojamientos. Si viajan en grupo, sin duda, la mejor opción es alquilar una casa. En cambio, si el viaje es en solitario, la alternativa más barata son los hostels. Pero también hay que recordar que existen muchos resorts para aquellos que quieren una estadía más lujuriosa y despreocupada.  Afortunadamente, no tendremos problemas en encontrar un alojamiento que se adecue a nuestro presupuesto.

– Damián

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