Desangrado por los Kiwis

Siempre consideré polémico cobrar entrada para poder apreciar la belleza natural, pero en Nueva Zelanda el asunto supera la polémica y roza la indignación. En general, las entradas para que el afortunado dueño de esas tierras te deje entrar no bajan de los NZ$ 50. Entonces, la decisión recae en cada uno si quiere pagar o no esa entrada. Pero en lugares como Rotorua, famoso por su actividad volcánica, sus geyseres y sus piscinas de agua caliente, no hay nada para hacer si no estás dispuesto a ser desangrado por los precios obscenos de las entradas. De hecho, en la oficina de turismo del pueblo, una pareja delante de nosotros se acercó al mostrador con la misma inquietud que nosotros: ¿Hay algo gratis que se pueda hacer en este pueblo? Si -respondió la mujer que los atendía- pueden pasear. Y ahí mismo se acabó la conversación. Por lo tanto, en muchos lugares de Nueva Zelanda, si quieres contemplar los regalos desinteresados de la naturaleza, deberás suprimir el dolor de la injusticia y resignarte a pagar el desproporcionado precio de la entrada.

Abandonamos, con pesar, Northland y sus paisajes salvajes. La próxima parada era Raglan o algún lugar cerca que nos permitiera disfrutar de sus izquierdas infinitas, esas olas de ensueño custodiadas por un afilado reef de piedra de las que tanto había escuchado hablar. Y el lugar terminó siendo Hamilton, un pueblo exiguo que sólo se puede jactar de su privilegiada ubicación y de unos jardines excelsos. Situado a 40 minutos de Raglan y a una hora y media de Tauranga, en la costa este, todos los lugares que queríamos conocer en este mes estaban a mano. Allí alquilamos una habitación por NZ$180 a la semana, un precio razonable para los que se manejan acá, y aún así, más caro que lo que pagábamos en Bilbao.

Los jardines de Hamilton merecen tiempo, diligencia y fruición. Es un parque que está dividido sin un criterio aparente pero que cada zona tiene la particularidad de la sorpresa y el deleite de la admiración. La mejor época para apreciarlo en su plenitud es, sin duda, la primavera, que es cuando cada color explota sin precedentes. Además, en la zona china, hay un pequeño sendero entre cañas de bambús de unos cuantos metros de altura que, cuando sopla el viento, regalan una melodía etérea.

Raglan es un bonito pueblo costero de 5000 habitantes. Con ambiente relajado y con belleza en su entorno, es un sitio que te invita a quedarte. Pero, a la vez, es pancista y se vuelve especulador en verano. No es fácil encontrar un lugar barato para dormir en Raglan si tu intención es quedarte un mes o más. La oferta, generalmente, se limita a casas enteras u hoteles/hosteles y los precios superan con diferencia nuestro presupuesto y los NZ$180 que pagamos en Hamilton.

Raglan se encuentra ubicado en la bahía Whaingaroa y bajo la atenta vigilancia del monte Karioi. El mar de Tasmania y sus olas son su principal atractivo, pero la tierra de los alrededores también brinda paisajes encantadores y dignos de ser visitados. La cascada Bridal Veil es imperdible. El bosque escupe, repentinamente, un torrente desmesurado de agua que se estrella sobre un espejo líquido 55 metros más abajo.

El siguiente lugar que queríamos conocer era las cuevas de Waimoto y sus famosos glowworms. A una hora hacia sur de Hamilton, las cuevas son uno de los mayores espectáculos de la naturaleza que haya presenciado jamás. Te suben a un bote que navega por la más pura de las oscuridades, sólo interrumpida por la tenue luz celeste de las larvas. Al mirar hacia arriba, de repente, la representación más perfecta de la vía láctea se dibuja con insolente exactitud, como si el techo de la caverna fuera, súbitamente, el cielo sin luna de una noche invernal.
Después, fuimos a otra cueva llamada Ruakuri, bastante más grande que la anterior y donde el tiempo, en su ociosidad, dibujó paisajes imposibles, de formas excéntricas y colores improbables.
Hay varias empresas que ofrecen tours por distintas cuevas y con diferentes actividades en ellas. Nosotros hicimos una visita guiada por las dos que he descrito anteriormente y nos cobraron NZ$89 a cada uno. Sólo el tour por la cueva de los growworms cuesta NZ$50 por persona.

Después de las cuevas, y por recomendación de una de las guías, fuimos a la cascada Marokopa, un salto de agua robado de un sueño. Y más tarde, visitamos al puente natural Mangapohue, otro testimonio de lo hermosa y caprichosa que puede ser la tierra cuando quiere.

A la semana siguiente fuimos a Rotorua. Pero siguiendo el rumor de que ahí se hacían buenos quesos, paramos en Putaruru. Y las sospechas se hicieron realidad, fuimos a Over The Moon y nos dieron a probar unos quesos que devolvieron nuestras almas a Europa por unos instantes. Por sensatez, compramos sólo dos tipos de quesos, pero habríamos saqueado la tienda sin ningún remordimientos si hubiéramos podido. Para calmar nuestra ansiedad y sumar un nuevo problema al viaje, nos dijeron que tenían otra tienda en Cambridge, a 15 minutos de Hamilton, para seguir comprando quesos.

De ahí seguimos hasta Blue Springs, un río de utópicas aguas cristalinas que ni el propio David Hockney podría retratar con el mismo color azul. Los tonos del agua hacen dudar a los sentidos, traicionan la mente y desengañan al corazón. Ahora, sé que el azul perfecto existe en este mundo y que desaira al apocado color que había pintado en mi imaginación.

Finalmente, llegamos a Rotorua, tierra maorí, intranquila e impredecible. Como dije al principio de este texto, salvo algún que otro sendero y la cascada Kerosene Creek, todo lo demás sólo se puede disfrutar pagando una entrada. La oferta de atracciones es variada, pero casi todas giran alrededor de la actividad volcánica de la zona. Y como nuestro presupuesto es limitado, tuvimos que elegir sólo una de ellas, pero todas son igual de tentadoras. ¿O a quién no le gustaría estar en una piscina de agua termal a la luz de la luna, ver el geyser Pohutu y que te den un masaje relajante para terminar una buena sesión de spa? Nosotros fuimos a Te Puia, un complejo turístico en donde se puede ver uno de los geyseres más famosos de Nueva Zelanda, el Pohutu, además de lagunas de barro hirviendo, los escurridizos Kiwis, un espectáculo maorí de danza y otras atracciones de interés. Allí, nos dijeron que era el único sitio de todo el pueblo gestionado netamente por Maoríes y nos reconfortó saber que le estábamos dando una mano a la gente local, aunque nos pareciera excesivo el precio de la entrada. El acceso al complejo cuesta NZ$ 52, y si queremos presenciar el espectáculo de danza maorí, NZ$ 66 en total. Además, ofrecen tours nocturnos y también almuerzos y cenas. Todo, por supuesto, más caro aún.

La verdad que pasamos un buen rato ahí. Fuimos testigos privilegiados de la fuerza de la naturaleza cuando su ira, subterránea y contenida, se desata para expresarse en la superficie y recordarnos que estamos en ese lugar porque ella lo permite, y no al revés.

También dimos una gran caminata por paisajes sulfurosos y sobre las humeantes orillas del lago Rotorua. Hay que tener en cuenta que tanta actividad volcánica trae como consecuencia un penetrante e insoslayable olor a azufre que inunda todo el pueblo y más allá. Al final, uno se acostumbra. Pero al salir de cualquier lugar cerrado, el olor vuelve a incrustarse en lo más profundo de nuestro cerebro, y así, una y otra vez hasta que te alejes de la zona.

Otro lugar que vale la pena visitar y que es gratis es el parque Kuirau. Las aguas subterráneas se manifiestan hirviendo entre la vegetación sulfurada. Además, hay unas piscinas de agua caliente para poner los pies. Así que después de una buena caminata, nada mejor que despojarse del calzado y descansar en las aguas termales del parque.

Cerca del pueblo, en la zona norte del lago, se encuentra la reserva Hamurana Springs. En un paseo agradable entre secuoyas gigantes y aguas turquesas llegamos a Te Puna-a-Hangarua, el manantial más profundo de la isla norte de Nueva Zelanda y del cual cada día sale el agua, más pura y hialina que vi en mi vida, suficiente para llenar dos piscinas olímpicas.

Con Rotorua terminamos nuestras dos primeras semanas en Waikato. Con el sabor agridulce que supone no haber podido hacer todo lo que nos hubiera gustado porque hay que resignar cosas cuando se hacen viajes tan largos, volvimos a Hamilton y a seguir disfrutando del magnánimo mar de Raglan y sus olas gratis. Tal vez, al final del viaje, cuando tengamos que volver a subir hacia Auckland desde el sur, podamos hacer otra parada en Rotorua y despedirnos de Nueva Zelanda con la lujuria de un buen spa de la zona.

-Damián

INFORMACIÓN PARA DIABETICOS

En mi opinión, lo más difícil para un diabético cuando viaja es mantener una rutina con las horas de las comidas. Nosotros, cuando hacemos excursiones de un día, intentamos llevarnos la comida desde casa ya hecha para no perder tiempo buscando sitios donde comer y para poder respetar el horario del almuerzo.

De todos modos, es importante llevar siempre algo que nos saque de una hipoglucemia por si nos retrasamos con alguna comida. En mi caso, yo siempre llevo en la mochila varios sticks de Gluc Up 15 y algunas barritas de muesli.

Como dije en otro post sobre Nueva Zelanda, es importante venir con un seguro médico desde nuestro país ya que si no somos residentes y tenemos algún problema de salud tendremos que pagar para que nos atiendan. Nosotros viajamos con el seguro de Correduría Barchilon que es el primer seguro de viajes para diabéticos de España.

QUE COMER

La gastronomía típica del país es escasa y si no fuera por la comida étnica de la india o china o por los lugares de comida rápida, no habría restaurantes en Nueva Zelanda.

Por la dudas, vuelvo a poner la información de lo más común de Nueva Zelanda, el fish and chip y el boniato. En 30 gramos de papas fritas hay una ración de H.C. y tienen un I.G. de 70. Del pescado frito podemos decir que depende siempre del tipo de rebosado. Pero, en general, se dice que un filete de 85 gramos contiene 1,5 ración de H.C. Y en 50 gramos de boniato hay una ración de hidratos de carbono y su I.G. es de 50.

DONDE DORMIR

Como ya dije unas líneas más arriba, nosotros alquilamos una habitación por NZ$180 a la semana y con los gastos incluidos. Pero de lo que vimos en internet, era lo más barato ya que la mayoría superaba los NZ$200.

En la zona de Rotorua, dormimos gratis en un camping a 30 minutos al norte del pueblo. De todas formas, la oferta es variada y para todos los gustos y bolsillos.

También, los primeros días alquilamos una habitación a 20 minutos de Raglan por Airbnb por 40 euros. Fue lo más barato que encontramos por la zona, de ahí en adelante, las posibilidades son varias pero todas por encima de los 50 euros la noche.

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