Dunedin

El viaje de Christchurch a Dunedin se puede alargar todo lo que uno le quiera dedicar. El paisaje vuelve a ser irregular a medida que uno se adentra en el sur del país, evocando, por momentos, los verdes montes de Euskadi.

Nosotros, primero nos desviamos hacia el interior para hacer rafting en el río Rangitata a cambio de NZ$ 140. El precio incluye unos sandwiches, la experiencia del rafting y el almuerzo posterior.
Debo decir que el personal de Rangitata Rafts siempre estuvo dispuesto a ayudar desde el momento que les dije que era diabético y me comentaron que no dudara en avisarle si tenía alguna hipoglucemia o cualquier otro inconveniente.
El rafting en si estuvo divertido, aunque realmente esperábamos más acción. Según ellos, cruzamos rápidos de nivel 5 y, aunque yo no soy un experto en la materia, me cuesta creerlo.

La siguiente parada fue Oamaru, un pequeño pueblo que alguna vez gozó de prosperidad gracias a la exportación de lana y que todavía hoy conserva vestigios de aquella época de plenitud. Hay unos cuantos edificios emblemáticos con un estilo Victoriano que rememoran esos años de bonanza. Además, Oamaru fue el primer lugar donde comenzó nuestro idilio con los simpáticos pingüinos de Nueva Zelanda. Cerca del atardecer, nos acercamos a la playa Bushy Beach, donde, desde un mirador bastante lejano, se pueden ver llegar pingüinos a la costa después de un largo día de pesca.
En las escaleras que descienden a la playa hay un cartel bien grande que dice que el acceso a la playa está prohibido a partir de las 3 de la tarde para no molestar a los animales que allí se encuentran. Pero siempre hay algún idiota que hace caso omiso de las normas y no respeta el hábitat de la fauna del lugar. En este caso, fue un turista chino el que, no conforme con perturbar a los pingüinos, también se puso a molestar a los lobos marinos. Puedo llegar a ser comprensivo con el hecho de que viajar, para la mayoría de las personas de China, sea algo relativamente nuevo y desconozcan conceptos básicos que cualquier viajero con más experiencia da por hecho. Pero no es la primera vez en este viaje que veo gente de ese país con una falta de sentido común desesperante y con un desprecio hacia el entorno, preocupante.

Oamaru

Dentro del pueblo, y cercana al puerto, hay una playa en donde se pueden ver pingüinos azules desde más cerca, previo pago de NZ$ 30. Es una edificación con unas pasarelas que dan a la arena de la playa y desde donde se pueden avistar a los pingüinos más pequeños del mundo llegar a sus nidos en grupo y al anochecer.

Más al sur, paramos en la playa de Moeraki para presenciar el curioso y extravagante paisaje que ahí se encuentra. Bolas de piedra perfectas repartidas sobre la arena, algunas abiertas en dos emulando el cascarón roto de un huevo que albergaba a alguna de las monstruosas criaturas de H.P. Lovecraft. La imaginación puede volar lejos en este lugar que roza lo irreal.

Moeraki Boulders

Y finalmente llegamos a Mosgiel, a las afuera de Dunedin, donde teníamos un Housesitting para cuidar a la inteligente y cariñosa Mika, una terrier irlandesa de pelo suave que si algún día le diera por hablar, no sorprendería a nadie. Y a Puss, el gato de la casa e irremediablemente enemistado con Mika.

Allí pasamos 10 días, entre paseos perrunos, excursiones del día y surfing, mientras los dueños de casa disfrutaban de Australia. Los días estaban marcados por el innegociable horario de Mika que, puntualmente, a las 7 de la mañana se subía a nuestra cama para recordarnos que el descanso se había terminado y sus atenciones comenzaban. Y a pesar de su tenacidad, es el animal, que me tocó cuidar en este viaje, que más extraño.

Mika

Mosgiel

Exprimiendo los días allí, conocimos Tunnel Beach, un verdadero milagro cubista de la naturaleza. Después de apreciar desde el acantilado esa maravilla natural, por un estrecho, oscuro y casi imperceptible túnel, se accede a la playa, tan espectacular como todo lo que la rodea.

Otros días, fuimos a St. Clair y Brighton a disfrutar de las olas que el Pacífico ofrece por acá. En casi todo el litoral de la zona hay buenas olas y algún que otro distraído tiburón, en un mar frío incluso en verano.

Tunnel Beach

También desde allí, fuimos a la irregular e impredecible Península Otago. La carretera principal serpentea entre la bahía y los montes hasta llegar al faro de Taiaroa Head que impone el final de la península. Donde acaba la ruta hay un parking, el Royal Albatross Centre y el acceso a la playa desde donde es posible ver a los pequeños pingüinos azules al anochecer y pagando NZ$30.

Taiaroa

Otago Peninsula

Otago Peninsula

Nosotros preferimos ir hasta la salvaje playa Victoria y hacer guardia hasta que los pingüinos de ojos amarillos emergieran del mar. A esta playa se llega después de caminar 40 minutos por un paisaje agreste, hermoso en su desolación. Y la playa concentra toda la exuberancia que el camino escatima. Y otra vez estábamos y nos sentíamos solos frente al Pacífico, esperando que ese inabarcable océano libere a esos pájaros que derrocharon el día en busca de la cena. Y de repente, después de 30 minutos de espera, el primer pingüino se levanta entre la espuma de las olas y con el cómico paso que los caracteriza, pone rumbo hacia su nido pero se detiene a los pocos metros. Unos minutos más tarde aparece el segundo y, con el mismo intermitente caminar, se niega a alcanzar su hogar. Luego de un largo rato y casi con la noche sobre nosotros, los pingüinos no habían avanzado ni diez metros y todavía seguían desperezándose y con pocas ganas de encontrarse con su familia. Poco a poco fueron avanzando y nos dejaron unos metros para empezar a volver sin molestarlos.

Penguin

No conformes con la experiencia, volvimos al día siguiente para buscar una mejor ubicación y tener así un encuentro más cercano. Y los pingüinos no defraudaron. El primero apareció como si Neptuno lo dejara dulcemente en una cuna. El segundo surgió a los pocos minutos como si hubiera sido abandonado por el mar. Y de nuevo la misma ceremonia de camino a casa, tres pasos y detenerse media hora mientras los pichones gritaban hambrientos en el nido. Toda esa representación sucedía para nosotros mientras el atardecer se glorificaba frente a estos dos solitarios espectadores. Pero la naturaleza, con sus humildes obras maestras, no pretende más. Mientras tanto, yo pensaba en toda la gente que quiero y que me habría gustado que estuviese ahí para ser testigo de aquel espectáculo apoteósico.

Penguin

Victoria Beach

Del otro lado de la bahía también hay playas que bien merecen una visita. Sobre todo, Long Beach y su acogedora caverna y Aramoana Beach, donde peñones de piedra se quedaron a mitad camino entre un mar desalmado y los excelsos acantilados. En esta playa, además, cuando el mar se retira y deja descubierta la orilla, las conchas tapan la arena dibujando un collage de colores irreverentes.

Aramoana Beach

De Dunedin, como ciudad, puedo decir que encontré complicidad en esquinas inesperadas y que esa atmósfera victoriana en constante decadencia le da un encanto que otras ciudades de Nueva Zelanda no tienen.

Dunedin supo ser la ciudad más importante del país a mediados del siglo XIX con el descubrimiento de oro en sus cercanías, aunque los maoríes ya habitaban esta zona desde el siglo XIII. Primero llegaron los escoceses, que encontraron una similitud con su patria tan exacta que decidieron que este sería el mejor lugar para no echar de menos a las lejanas tierras que habían dejado atrás. Luego otros europeos y los primeros inmigrantes asiáticos de Nueva Zelanda hicieron de Dunedin la urbe más grande de todo el país. Esa prosperidad todavía hoy deslumbra en los fastuosos edificios victorianos que se reparten por toda la ciudad. Aunque, a mediados de 1900, una generación entera se encargo de destruir parte de este patrimonio histórico, negando su ascendencia y renegando de la época victoriana, todavía hoy quedan muchos edificios para disfrutar.
La ciudad también puede presumir de tener la universidad más antigua del país, la Otago University, fundada en 1869.

En Dunedin también se encuentra Baldwin Street, que con un 35% de desnivel, según ellos, es la calle más empinada del mundo. Vale la pena una visita, aunque sea por la curiosidad del dato y por la foto “trepando” la calle.

Baldwin Street

El farmer market de los sábados es también visita obligada. Allí, todos los granjeros de la zona y aquellos que tienen un producto distinguido para ofrecer, se reúnen al lado de la estación de tren, que también merece su tiempo para apreciar cada detalle del magnífico edificio.

Además, y para la desgracia de todos los diabéticos, en Dunedin se encuentra la casa matriz de los chocolates Cadbury que ofrece tours para visitar sus instalaciones por NZ$22. La fábrica, en pleno centro, posee una gran torre violeta visible desde cualquier punto de la ciudad y capaz de hipnotizar hasta al más distraído. De todos modos, venden un glorioso chocolate negro para pecar con menos culpa por si algún diabético cae en la funesta tentación de lo dulce.

Por último, y tal vez una de las cosas más entretenidas para hacer en la ciudad, es el tour de los murales, al que hay que dedicarle por lo menos una tarde. Dunedin siempre se caracterizó por la feracidad de artistas y todavía hoy puede jactarse de esa fecundidad. A día de hoy, ese ambiente “arty” se refleja en los diferentes murales que se distribuyen por toda la ciudad. Hay tours guiados o simplemente se puede pedir un mapa en la oficina de turismo y planear un recorrido que te robará más de una sonrisa.

Dunedin

Así terminó nuestro viaje por una de las ciudades más emblemáticas de Nueva Zelanda, tanto por su historia, como por su presente y su entorno. Por suerte, nuestra visita fue en verano, y no quiero ni imaginar lo que puede ser el invierno acá, bien al sur del Hemisferio Sur. Seguramente, amenacen a todos los niños del país cuando se portan mal con mandarlos en invierno a Dunedin. De todas formas, la ciudad seduce con su mezcla de majestuosidad y decadencia y el tiempo dedicado y los momentos vividos me los llevo en la mochila para siempre.

-DAMIAN

Información para diabéticos

Dunedin es una ciudad con hospital propio y con todos los servicio que una persona con diabetes puede llegar a necesitar. Pero hay que recordar que sólo los residentes de Nueva Zelanda tienen acceso gratuito a estos servicios. Los turistas, en caso de necesitarlos, deben pagar por ello, salvo que viajen con un seguro de viaje. Nosotros elegimos el seguro de Correduría Barchilon ya que cubre cualquier percance relacionado con la diabetes que pueda llegar a tener.

Además, estando en la ciudad, no hay problemas para conseguir algo que nos solucione una hipoglucemia. Hay supermercados abiertos hasta la noche, la fábrica de los chocolates Cadbury o cualquier bar donde procurar lo que mejor nos sirva para salir de esa incómoda situación. Pero en otros lugares, como la playa Victoria, donde hay que caminar 40 minutos para llegar hasta ahí, no es tan fácil conseguir ese azúcar o carbohidrato que nos salve las vacaciones. Por eso, como decimos siempre, es obligación ir con alguna barrita de muesli, Gluc Up 15 o algún zumo en la mochila.

Donde dormir

Nosotros, en toda nuestra estancia en Dunedin, no pagamos ningún día por alojamiento. En los primeros días, usamos Trusted Housitters y después Helpx. En este último, estuvimos en la hermosa casa de Edwina y Doug haciendo intercambio de dos horas de mantenimiento por cama y comida. Es un buen sistema para conocer gente local y no gastar dinero en alojamiento.

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