La Capital

Con pesar pero con entusiasmo, dejábamos atrás Hamilton, las multitudinarias izquierdas de Raglan y la provincia de Waikato para continuar nuestro viaje por la isla norte de Nueva Zelanda.
Después de una corta y accidentada parada en New Plymouth, seguimos rumbo al sur con la intención de pasar Navidad y Año Nuevo en Wellington. De la capital habíamos escuchado muchas cosas, y todas buenas excepto por su clima. Y así fue, nos encontramos con una ciudad con personalidad, buen gusto y mucho ambiente pero la lluvia, el viento y los empinados repechos hacen poco disfrutable todo lo anterior. Pero aún así, no deja de ser una ciudad digna de ser visitada e incluso de vivirla una temporada.

Llegamos a la mañana, tan lluviosa y ventosa como el resto del verano. Nos habían comentado que estacionar en Wellington era una proeza épica, así que decidimos dejar el auto en un parking privado y disfrutar de la ciudad hasta poder ir a la casa que nos habían ofrecido por Couchsurfing.

Después de dar un paseo por el muelle y viendo que el clima se negaba a darnos una tregua, decidimos meternos en el museo Te Papa Tongarewa, seguramente el mejor de Nueva Zelanda. Al estilo británico, la mayoría de los museos importantes del país son gratuitos y a casi todos vale la pena visitarlos, más allá de tu gusto por el arte. El Te Papa concentra una mezcla de historia nacional e internacional, actualidad, ciencias naturales y sociales que dejan atónito a cualquier visitante.

Después de un rico almuerzo en un restaurante mexicano, la comida se nos atragantó cuando fuimos a buscar el auto al estacionamiento. Algo más de 4 horas de parking nos costó 40 NZ$, lo mismo que el almuerzo. Parecía que la capital se empecinaba en desplumarnos desde el primer día. Pero los cosas se fueron acomodando con el correr de los días y recorriendo la ciudad encontramos los lugares más baratos de toda Nueva Zelanda para comer sabroso y abundantemente.

Wellington tiene la oferta gastronómica y de ocio más cuantiosa del país. A pesar de ser tres veces más pequeña que Auckland, en la ciudad hay una variedad de restaurantes y pubs tal, que todos incitan a probarlos por su estilo y su propuesta. Nosotros estuvimos en un hindú muy rico y demasiado barato para lo que es el país y en otro restaurante asiático/vegetariano que nos deleitó con su laksa.

Salvo la primera noche que hicimos Couchsurfing, el resto de los días nos hospedamos en el barrio de Karori mediante Trusted Housesitters, que consiste en una plataforma donde la gente que necesita irse de viaje ofrece su casa a otros viajeros para que cuiden de sus mascotas, y de la casa por supuesto. Nosotros estuvimos 10 días sin pagar alojamiento y al cuidado del loco Nelson, una cruza de galgo y labrador que para no interrumpir su rutina diaria comenzaba a las 7:30 de la mañana a solicitar, con vehemencia y llanto mediante, su paseo matutino.

Acomodados al horario de Nelson, su rutina nos permitía tener libre casi todo el día ya que él sólo solicitaba un paseo a la mañana y otro al atardecer. De esa manera fue como nos dio tiempo para conocer la ciudad y sus alrededores. Por ejemplo, un día lo dedicamos al santuario de pájaros Zealandia, un paraíso verde en el medio de la ciudad y en donde las aves bosquejan la libertad mediante el sutil contrapunto de su canto. El lugar es realmente inmenso y hay algunas caminatas “fuera de pista” que requieren esfuerzo y dedicación, además de tiempo, claro. Pero son una buena manera de escapar de la multitud y así poder deleitarse con el canto celestial de cada ave. Personalmente, me sigo quedando con la melodía imprevisible y férrea del Tui, un pájaro endémico de Nueva Zelanda que se caracteriza porque cada individuo tiene su canto particular y diferente al del resto.

La entrada al parque cuesta 18,50 NZ$ y permite visitar una pequeña muestra de aves e historia en forma de prólogo y también el resto del parque. Hay que destacar que si no te dio tiempo para recorrer todo el parque, con la misma entrada se puede acceder gratis al día siguiente.

Otro lugar de interés es el Jardín Botánico de Wellington. Desde el centro puedes tomarte el funicular por 4 NZ$ que te dejará sobre un excelso mirador y a la entrada del parque más bonito de la ciudad. Veinticinco hectáreas pintadas de colores inimaginables conforman el deífico pulmón de la capital en donde una escrupulosa selección de la flora más hermosa del mundo se extiende a lo largo de todo el vergel.

Otro día fuimos hasta el Cabo Palliser, el punto más austral de la isla norte de Nueva Zelanda para concretar nuestro primer encuentro con los lobos marinos que habitan el país. El faro que marca ese punto está a 2 horas de Wellington y durante el tramo final de la ruta que te lleva hasta allí se pueden divisar, entre las rocas, a los lobos marinos descansando al sol, indiferentes al paso de las horas y a los observadores.

Antes de llegar, paramos en Putangirua Pinnacles, un lugar privativo en donde el transcurrir del tiempo dibujó un paisaje caprichoso y peculiar, como si nos sumergiéramos en el cuento más oscuro de H. P. Lovecraft.

Después de ahí, nos detuvimos en Dee Dees porque el mar estaba bombeando izquierdas y derechas largas y perfectas que rompían sobre un peligroso reef de piedras. El pico estaba poblado pero había olas para todos los que estábamos allí y, aunque a veces tuvimos que pagar el precio de la impredecibilidad del océano, salimos con una gran sonrisa del mar.

Con la proximidad de la tormenta llegamos al cabo Palliser, donde el castigo del viento y la lluvia hacen del sitio algo austero y poco afable pero, a la vez, imperdible. Y el faro corona la sobriedad del paisaje, como si sólo estuviera ahí con el fin de mimetizarse con la austeridad del entorno y para recordar que la carretera y la tierra se acaban allí y no, como debería ser, para avisarles a los marineros que el mar no es infinito.

Otra tarde también fuimos a Weta Cave, la empresa encargada de hacer el vestuario y los efectos especiales para películas tan famosas como El Señor de los Anillos o Avatar. Fue muy interesante el tour y las descripciones que nos hizo el guía, pero todavía me cuesta encontrarle el gusto a un lugar así. Es como que te expliquen un chiste, pierde la gracia de la espontaneidad. Y con esto me sucede lo mismo, prefiero pensar que un Orco, aunque no exista, es un ser malvado con hambre de violencia y no un traje vacío de goma que cualquiera puede usar. Soy feliz creyéndome todas las mentiras del cine, así que por favor no maten mi ilusión.
La entrada para hacer el tour cuesta 25 NZ$, dura aproximadamente 1 hora y media y si te gusta saber el cómo y el por qué de las películas, vale la pena pagar la entrada.

En Wellington pasamos Nochebuena y Nochevieja. Otras fiestas lejos de casa, en un país lejano pero con mucho para festejar. En comparación al resto de nuestra gente querida, éramos los primeros en recibir un 2017 prometedor. Así que mientras nosotros brindábamos al entrar al nuevo año, nuestros amigos y familiares se despertaban para encarar el último día del año. Afortunadamente, las tecnologías de hoy en día, para bien o para mal, ayudan a que no te sientas solo, aunque literalmente estés en la otra punta del mundo.

Y así fueron pasando los días en Wellington, entre caminatas y paseos bajo la lluvia y con el loco Nelson como compañero. La capital de Nueva Zelanda me sorprendió gratamente, es una ciudad que, salvo por su clima hostil, ofrece todo lo que uno pretende de una vida sosegada. Pero una vez ya elegí un lugar lluvioso para vivir, Bilbao, y no quisiera cometer dos veces el mismo error.

Damián

Información para diabéticos

El transporte urbano es caro en Nueva Zelanda. En Wellington un billete de autobus interurbano cuesta 5 NZ$, así que nosotros íbamos al centro caminando (1 hora aprox.) y volvíamos en bus para evitar los repechos salvajes que tiene la ciudad. Contando los paseos con Nelson, estábamos caminando más de tres horas al día, lo cual requiere tener cuidado con las cantidades de insulina que nos inyectamos para evitar hipoglucemias. Y por las dudas, siempre llevar contigo algo que pueda solucionarte rápidamente un bajón de azúcar como puede ser unos sticks de Gluc up 15 o unas barritas de cereales.

También hay que tener en cuenta que la sanidad en Nueva Zelanda es pública y gratuita para todos los residentes pero para los turistas no. Por lo tanto, siempre es mejor viajar con un seguro de viaje que nos cubra cualquier imprevisto. Nosotros viajamos con el seguro de viaje para diabéticos de la Correduría de Seguros Barchilon que nos cubre cualquier visita al médico que esté relacionada con la diabetes.

Donde dormir

Como comenté más arriba, nosotros no pagamos por el hospedaje en Wellington ya que la primera noche hicimos Couchsurfing y el resto de los días Housesitters. Pero Wellington es una ciudad con una amplia oferta de alojamientos que cubre casi todos los presupuestos. Los precios en sos hostels con habitaciones compartidas empiezan desde los 13 y en un hotel desde 48

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