Ometepe

Es difícil escribir acerca de lo que no te gusta. El duelo siempre es interior y la catarsis nunca lleva palabras. ¿Entonces cómo escribir sobre Nicaragua? Cuando todavía el sabor agridulce persiste en mi corazón.
Hablar sobre Nicaragua es caer en la dicotomía del bien y del mal. En un país todavía arrasado por más de 10 años de guerra civil, los “avances” sandinistas que cautivaron al mundo en los 90, hoy son apenas resquicios de lo que quisieron ser.
Comenzaré por el principio, y espero que lo dulce predomine sobre lo agrio.

La frontera entre Costa Rica y Nicaragua es una premonición de lo que te encontrarás más adelante. El trámite del lado costarricense duró 15 minutos (porque ya habíamos pagado la tasa de salida de US$ 10 en una agencia de viajes en San Ramón, si no hay que pagarlos ahí mismo), luego hay unos sórdidos 500 mts entre frontera y frontera que ninguno de los 2 países se quiere hacer cargo y es como caminar en un escenario con una mezcla de Walking Dead y Resident Evil donde el trasiego es abúlico y la oquedad sospechosa. Después de pasar esa tierra de nadie, los militares y sus armas se vuelven evidentes. A los primeros sólo les tuvimos que mostrar los pasaportes, en el segundo control nos dieron un papelito y nos mandaron a una carpa de campaña donde estaban los de sanidad para que les entregáramos lo que nos acababan de dar. Sin abrirnos las mochilas y enseñándoles los pasaportes nos dijeron que teníamos que ir a una garita a mostrar nuevamente el pasaporte. Desde ahí, nos mandaron a una construcción donde, en la puerta, tuvimos que pagar US$ 3, para que luego en una ventanilla nos sellaran el pasaporte. Por último, antes de cruzar la puerta hacia la “libertad”, hay que mostrarle nuevamente el pasaporte a un soldado para que te la abra.
Por lo que nos habían contado, toda esa travesía podría haber durado medio día dependiendo de la fecha y el horario. Nosotros no tardamos más de una hora en hacerlo, la suerte estaba de nuestro lado.

Después de traspasar la deseada puerta, una horda de taxistas desesperados se nos abalanzó proponiéndonos todo tipo de ofertas para llevarnos a Rivas, nuestro destino a 35 km de allí. Como les dijimos que queríamos tomarnos el bus, todos al unísono contestaron que el último ya se había ido, una mentira demasiado vieja como para contársela a otro latinoamericano… La parada de buses está a unos 200 mts de la puerta, y hay que ir con la paciencia necesaria como para aguantar que los taxistas te sigan hasta 50 mts antes de llegar a la estación.
Los autobuses en Nicaragua son buses escolares estadounidenses de los años 70, con todo su encanto y toda su incomodidad intactos. El viaje nos costó 25 Córdobas y duró aproximadamente 1 hora (en el camino nos pararon los militares para pedirle una identificación a todo el pasaje).
Ya en Rivas, el acoso de los taxistas vuelve a ser tedioso y es bastante difícil escapar de él. Al final terminamos aceptando una oferta de 50 Córdobas para que nos llevaran al puerto de San Jorge, donde sale el ferry hacia Ometepe. Unos días después, cuando volvimos de la Isla, nos dimos cuenta de lo “caro” que nos había salido el viaje en taxi. Esta vez, para hacer el mismo recorrido nos cobraron 20 Córdobas.

Ometepe desde el ferry

El Lago Nicaragua es un intranquilo y dulce mar, el viento constante hace que las olas se sucedan insistentes y que ninguna embarcación pueda evitar la turbada oscilación del agua. Su fauna es una amalgama de peces marinos y fluviales, siendo el único lugar del mundo donde es posible encontrar tiburones de agua dulce.
La isla más grande es Ometepe, que dominada por 2 volcanes colosales, destaca fastuosa en aquel piélago inquieto. Desde el puerto de San Jorge nos tomamos un ferry llamado “Che” Guevara para llegar a Moyogalpa, el pueblo principal de la isla. Es interesante escuchar a los lugareños decir “Ahí viene el Che”, mientras miran acercarse un punto en el horizonte. En sus palabras se siente la esperanza y la excitación de lo desconocido, en ese barco, el más grande de los que hace ese trayecto, llegan los víveres y los turistas que ellos necesitan para sobrevivir.

Puerto de Moyogalpa
Siguiendo a unas jóvenes alemanas, conseguimos alojamiento barato en un hostel a orillas del lago y, desde allí, fuimos testigos de un grandioso atardecer. Cuando el lujo lo propone La Naturaleza, uno se olvida que la cama se hunde y las sábanas están sucias. La incuestionable exuberancia de aquel atardecer fue suficiente para dormir en paz.

Atardecer en Moyogalpa

Al otro día teníamos que alquilar una moto por la mañana para ir al otro lado de la isla. Allí estaba el hotel donde íbamos a dormir esa noche. Alquilar una scooter es la mejor manera de recorrer la isla, por US$ 20 al día tienes la facilidad para moverte con libertad. Hay que decir que hay zonas donde la única carretera que bordea la isla no está en buen estado y a medida que uno avanza, las piedras se van volviendo cada vez más grandes y peligrosas. Otra opción también es alquilar unas bicicletas, para esto hay que estar en forma porque la isla no es tan llana como uno quisiera y las distancias no son tan cortas como si anduvieras en moto. Lo más bonito de hacer carretera en Ometepe es que da igual donde te encuentres, las vistas siempre estarán coronadas por alguno de los 2 volcanes, bestias humeantes custodiando la presencia de los visitantes.

Así fuimos hasta Mérida, donde estaba la hermosa e inaccesible finca Montania Sagrada. Allí dejamos las mochilas y salimos en la moto hacia San Ramón, en busca de una cascada perdida en la selva de la ladera del Volcán Maderas.
La entrada al parque cuesta 50 Córdobas, y al preguntar si se podía subir en moto hasta la cascada, el que nos cobró nos contestó con un vacuo y sospechoso “Inténtenlo”. Los primeros 100 metros son sobre un camino de cemento y sin mucha pendiente, pero el resto del camino es extremadamente empinado, de tierra o barro y lleno de obstáculos. Después de hacer 200 difíciles metros, la moto empezó a sacar un dudoso humo negro y decidimos dejarla estacionada y seguir el camino a pie. El paseo es exigente, tanto por el calor como por lo escarpado del sendero, y es necesario ir preparado con cantidad suficiente de agua y con ropa adecuada. Pero todo el esfuerzo es recompensado al llegar. En la jungla se abre un claro, adornado por un pequeño estanque que se alimenta de una cascada que parece caer del mismísimo cielo. Es impresionante estar sentado en el agua, mirar hacia arriba y confundir las nubes con el agua y el cielo con la selva.

Cascada de San Ramón

Bajamos y comimos en el barrio del hotel, deliciosa comida casera cocinada a deshora pero con el amor incondicional que sólo una señora puede tener por lo que hace.

Más tarde, otro atardecer exquisito, de esos que recordarás en la vejez y te robarán una sonrisa solitaria mientras que agradeces haber estado allí.

Atardecer desde Mérida

La cena fue en un extraño lugar donde servían comida fusión griega-nica. No comimos mal, pero lo mejor sin duda fue la charla y el debate que tuvimos con los lugareños que allí estaban. Un terrateniente de la isla, un migrante de Managua, un local, una estadounidense y un argentino reunidos en una calurosa y estrellada noche de verano, exponiendo, bajo su idiosincrasia y su experiencia, la existencia de sus vidas y su parecer acerca de la realidad que les tocó y les toca vivir. Fue una conversación por momentos acalorada, el terrateniente nos sugería que invirtiéramos en tierras de la isla y plantar bananas para ganar 2000 dólares al año, el local destacaba los progresos del sandinismo pero criticaba la corrupción reinante en el poder, el de Managua hablaba, con la mirada perdida en la nostalgia, sobre su ciudad y los tiempos duros que vivió ahí y nosotros disfrutábamos de aquella oportunidad irrepetible. A mi parecer, uno viaja para encontrar esos momentos únicos, para absorber esas palabras genuinas y para escuchar esas vidas tan ajenas y cómplices a la vez. Aunque en general, uno juega el mero papel de espectador, ojalá viajar siempre fuera empaparse de la lejana localía del ser, como ese momento que a nosotros nos tocó experimentar en aquella simple y vacía terraza de bar. Y con esa sensación de privilegio nos fuimos a dormir esa noche.

Toro en el Lago Nicaragua

Al día siguiente, y después de tomar el lujurioso desayuno del hotel, fuimos a hacer una excursión en kayak por el lago y por el estrecho pero exuberante río Istián.
Tengo que confesar que la pasé mal remando y luchando contra el racheado viento y las incansables olas del lago. Recién en el río, y después de 1 hora intentando, en vano, remar en línea recta, empecé a disfrutar de la aventura. En el Istián todo se vuelve apacible, al punto de poder escuchar a las tortugas zambullirse, a los pájaros conversar y a los peces aletear en la superficie. Lástima no haber podido ver caimanes y que el guía era algo parco en palabras, nos podría haber enriquecido mucho el paseo si nos hubiera contado algo más sobre el lugar.

Río Istián
La vuelta fue tan sacrificada como la ida, una vez abandonado el sosiego del río, todo se transformó en caos y desesperación una vez más. Llegué último, y todavía sigo sin saber si era mejor remar con o sin quilla por el lago. De cualquier modo, valió la pena el denuedo, es divertido integrarse a un manglar, siempre intentando no interrumpir los procesos naturales de los personajes que lo habitan.

Después de la excursión, recogimos nuestras mochilas en el hotel y volvimos a Moyogalpa, teníamos que devolver la moto y almorzar a tiempo como para tomarnos el ferry de las 2 de la tarde.
Esta vez no fue el legendario “Che” el que nos devolvió a tierra, sino que fue un barco mucho más pequeño y con mucha menos historia y esperanza en su interior.

Volcán Concepción

QUE COMER

Al igual que en Costa Rica y en todo Centroamérica, la esencia de todas las comidas es el gallo pinto y hasta en el desayuno pondrán arroz y frijoles en la mesa. Al final, terminas tomandole el gusto a esta repetitiva dieta.

Para los diabéticos, tanto arroz blanco en las comidas puede llegar a ser un inconveniente. Deberíamos tener en cuenta que en 100 gr de arroz blanco cocido hay, aproximádamente, 28 gr de HC y su Indice Glucémico (IG) es de 70. En 100 gr de judías rojas cocidas hay 17 gr de HC y su IG es de 35.

DONDE DORMIR

El reciente desarrollo turístico en Ometepe está haciendo que la oferta hotelera esté creciendo indiscriminadamente. Esto tiene sus puntos buenos, como que la competencia entre establecimientos hace que los precios bajen, pero también tiene consecuencias malas, como que cualquiera que tuviera espacio extra en su casa, haya hecho de ella un hotel. Nosotros experimentamos las 2 caras de la moneda, dormimos por US$ 6 en un modesto hostel y también pasamos una noche por US$ 50 en una finca rural, rodeados de arboles de frutas y jardines placenteros. En ese abanico de precios, hay infinidad de lugares donde dormir en la isla.

– Damián

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