Parque Nacional Abel Tasman

Desde el primer día en Nueva Zelanda sabía que había dos lugares que no podía dejar de visitar, Milford Sound y el Parque Nacional Abel Tasman. El resto era prescindible, pero esos dos paraísos que posee este país deberían ser visitas obligadas para cualquier turista que llegue a estas islas.

Antes de empezar hagamos un poco de historia. Abel Tasman fue el primer europeo en pisar estas tierras, allá por el año 1643. Cansado de navegar durante meses, Tasman y su tripulación encontraron en Golden Bay las aguas calmas que necesitaban para descansar. Pero al acercarse a la costa, los maoríes, pueblo nacido para la guerra, mataron a cuatro de sus hombres. Asustado, y negándose a perder más hombres, el bueno de Abel escapó de aquellas tierras hostiles para nunca más volver. Pasarían más de 100 años (1769) para que otro foráneo, James Cook, volviera a pisar lo que hoy conocemos como Nueva Zelanda. Y esta vez, para quedarse definitivamente. Años más tarde, en 1942, el gobierno de Nueva Zelanda creó el Parque Nacional y le puso Abel Tasman en honor al primer explorador europeo que visitó el lugar.

Hay varias maneras de conocer el Parque Nacional Abel Tasman, a pie, en barco, en kayak, haciendo camping, durmiendo en refugios. Todo dependerá del tiempo y el esfuerzo que le queramos dedicar.

Nosotros lo recorrimos durante 5 días y dormimos las 4 noches en diferentes refugios. Nuestras camas las tuvimos que reservar con algo más de dos meses de antelación por internet en esta página y nos costó NZ$ 38 por noche y por persona. El camping, en cambio, cuesta NZ$ 15.

El sendero que bordea la costa regala postales de ensueño, es el más popular y es el que nosotros hicimos. Hay otros caminos y refugios bastante menos transitados por el interior del parque, pero dudo mucho que superen en belleza al de la costa.

Playa Abel Tasman

Bosque

Es fundamental para hacer este trekking ser consciente de nuestras limitaciones y ser realista con nuestro estado físico. Si bien todo el camino es de una exigencia media-baja, hay un día, el último, que llegar hasta el refugio toma 6 horas. Y para eso hay que tener una mínima preparación o, por lo menos, estar familiarizado con caminar.

Es admirable ver a personas mayores adentrarse en el parque con el entusiasmo y la vitalidad que a veces me falta hasta a mí. Y verlos llegar al último refugio con una sonrisa tatuada en el rostro y disfrutar de su complacencia tras haber logrado el objetivo contagia de voluntad hasta a la más apática de las personas.

Tasman Park

A día de hoy, a los refugios no les falta nada, disponen de electricidad, agua potable, baños y cocina. Pero todo lo que tenga que ver con alimentarse hay que llevarlo de casa. Por este motivo, es importante calcular todas las comidas para que no nos falte o para no llevar peso de más. También hay que cargar con el camping-gas para poder cocinar y, por supuesto, cuanto más pequeño, mejor. Además, no nos podemos olvidar del saco de dormir, del protector solar y de un buen repelente.

No quiero entrar en detalle sobre la ropa que hay que llevar, pero es primordial que sea cómoda e impermeable para andar durante día y dejar el algodón para dormir a la noche.

Después de este breve discurso informativo, pasemos al descriptivo y disfrutemos de uno de los lugares más hermosos del mundo.

Abel Tasman

Arbol Abel Tasman

Nosotros empezamos en Marahau porque queríamos hacer el recorrido de sur a norte. Como volveríamos en aqua-taxi, dejamos el auto en el parking de la empresa de las lanchas, a escasos metros de la entrada sur del parque, y llegamos caminando hasta allí.

El primer día seguramente sea el más fácil, 4 horas (12,4 Km) separan el comienzo del camino del refugio de Anchorage. Todo lo que nos rodea es la dulce premonición de la espectacularidad que se avecina, la exuberancia de la vegetación es fastuosa y el color del agua de un azul ofensivamente frágil. Y, rápidamente, entendemos que todo el camino estará musicalizado por cortesía de la impredecible melodía del Tui y del inquebrantable canto del Bellbird.

BellBird

En esta parte, tanto el sendero como las playas se abarrotan los fines de semana o durante el verano ya que la gente que sólo quiere ir a pasar el día elige esta zona por su cercanía y la facilidad del acceso. Nosotros, viendo desde arriba el panorama, sólo bajamos a una de las playas para almorzar y continuamos sin detenernos en las demás. Además, el camino transcurre por encima del acantilado. Y bajar significa, ineludiblemente, volver a subir y, yendo cargados, no siempre es divertido encontrarse con unas empinadas escaleras para continuar con el paseo.

Después de algo más de cuatro horas, llegamos a Anchorage. Una mansa e imperturbable bahía donde descansar. Cuando me lleguen esos años en los cuales las personas sólo se dedican a navegar por el inabarcable océano de los recuerdos, probablemente Anchorage sea esa fugaz y necesaria tranquilidad que uno necesita antes de partir.

Al día siguiente, y aprovechando la marea baja, cruzamos el estuario de Torrent Bay para ahorrarnos una hora de caminata. Como este paso depende exclusivamente del nivel de la marea, también se puede llegar al mismo punto bordeando el río y continuando por el sendero pero se tarda una hora más. Afortunadamente, los horarios de la marea baja para esos días coincidían con el comienzo de nuestras mañanas y no tuvimos que esperar demasiado para poder cruzar los diferentes pasos del camino.

Abel Tasman

En el segundo día, la exigencia aumenta pero no significativamente. La duración del trayecto es también de 4 horas (nosotros lo hicimos en algo más de 3 porque aprovechamos la marea baja del estuario de Torrent Bay) y la distancia de 11,5 km. Pero lo que si va creciendo paso tras paso es la belleza del lugar. Zigzagueando entre arboles centenarios y helechos confundidos con palmeras, nos encontramos con playas de polvo de estrellas en lugar de arena y con una mar mimetizada con el cielo azul.

Esperando a que los ángeles aparecieran en cualquier momento, llegamos hasta Bark Bay. La cabaña se esconde entre el bosque y el estuario del arroyo Huffam, mientras que el camping, en cambio, está bien pegado al mar. Y acá aparecieron las nefastas sandflies para arruinar el idilio. Estos incómodos y diminutos insectos están por toda Nueva Zelanda y, sobre todo, en la Isla Sur. No importa si estás cubierto hasta la cabeza, encontrarán un hueco para castigarte con toda su voracidad y la intensidad de su picadura hará que las recuerdes durante toda la siguiente semana. No duele, pero pica hasta sangrar. Por eso es fundamental el repelente, y no te olvides de los tobillos, los adoran.

Bark Bay

En el tercer día, la distancia (13,5 km) y el tiempo (4:30 hs) hasta el próximo refugio no aumentan demasiado. En cambio, lo que si aumenta considerablemente es la pendiente. Sobre todo al final del trayecto. El camino no deja de subir, flagelando las piernas ya cansadas, y cuando parece aflojar la tenacidad, vuelve a subir sin “descanso”. Hasta que se detiene abruptamente y el premio del esfuerzo son unas vistas que te harán agradecer haber vivido esta vida.

Desde la cima de la colina se puede ver la desembocadura del río Awaroa y se llega a apreciar como la turbia agua del río se va transformando en un cristalino e inmaculado celeste al contacto con el mar. Posiblemente, este sea uno de los momentos más memorables de todo el camino, uno puede sentir el privilegio de que le hayan permitido entrar al paraíso cuando divisa ese paisaje desde la altura.

Awaroa

En este trayecto también se encuentra la célebre playa Awaroa Beach, que saltó a la fama en 2016 porque el propietario decidió venderla y un grupo de personas propuso un crowdfunding para comprarla y devolverla al Parque Nacional. La idea tuvo éxito y hoy es posible disfrutar de esta joya sin la necesidad de preguntarle a nadie si te deja entrar. Cosas que sólo pueden pasar en Nueva Zelanda…

La cabaña se encuentra bien cerca de la orilla del río y, al día siguiente, es necesario esperar a la marea baja para poder continuar con el camino ya que es la única manera de cruzar el estuario. Si todo va bien, como fue nuestro caso, desayunas, te descalzas, te arremangas los pantalones y cruzas sin problemas. Si la marea baja es más tarde, tendrás que esperar mientras nadas en un manso mar turquesa. Tampoco suena mal el plan, pero esto retrasará el resto de la jornada. Y sin duda, este día es el más duro. No tanto por la exigencia del terreno, sino más bien por la distancia que separan las dos cabañas.

El camino en esta parte del trayecto se separa en dos partes. La primera, de casi 3 horas y 7,1 km, cruza varias playas paradisíacas hasta llegar a Totaranui y en donde la civilización se hace nuevamente visible ya que hay una carretera que llega directamente hasta el lugar. Además, esta es la última playa que llegan los aqua-taxis desde Marahau. También la oficina de información hace de tienda para volver a comprar provisiones. Es el lugar ideal para almorzar, pegarse un baño en el mar y volver a emprender el camino. Todavía quedan 3 horas de subidas y bajadas hasta el último refugio.

Totaranui

En esta última zona, los intrépidos Wekas te sorprenden en cualquier lugar. Esta ave, que llegó a estar casi extinta, fue introducida nuevamente por las autoridades del parque al mismo tiempo que luchaba por eliminar a todos los depredadores traídos por los humanos desde otras partes del mundo. A día de hoy, afortunadamente casi no hay zarigüeyas ni ningún otro roedor que moleste a los diferentes pájaros que habitan el parque. Para los amantes de las aves, este parque es un sueño hecho realidad.

Es divertido ver a los Wekas intentar robarte lo que hayas descuidado para salir corriendo hacia algún rincón e investigarlo en busca de comida. No importa lo que sea, primero se lo llevarán, luego lo revisarán y después lo dejarán abandonado si no les sirve lo que te arrebataron. Incluso, intentarán robarte hasta los cordones de las zapatillas.

Weka

El último refugio (Whariwharangi Bay) es, paradójicamente, el primero que fue levantado en el parque. Una encantadora cabaña del 1896 construida en un claro del bosque, a escasos metros del mar. Y la playa es el brillante resumen de todo lo vivido en los días anteriores, como si el parque quisiera obsequiarte el mejor recuerdo posible, y todo coronado con un excelso atardecer.

Whariwharangi Hut

Whariwharangi Bay

Al otro día, las posibilidades para terminar el camino son dos. Se puede seguir hacia adelante dos hora hasta llegar a la salida del parque (Wainui Bay) o volver a Totaranui y tomarse un aqua-taxi hasta Marahau. El trayecto hacia Totaranui se puede hacer por el interior, con una pendiente considerable pero unas vistas memorables, o simplemente volver sobre los pasos del día anterior.

La travesía, más allá de la belleza del lugar, te regala varios conceptos que uno se lleva a casa para siempre. Por empezar, el valor incalculable de conservar la naturaleza intacta. Segundo, lo pequeño que somos frente a tanta exuberancia. Tercero, lo fácil que es caminar sin sentir el cansancio acumulado cuando hay un objetivo concreto en tu mente. Y cuarto, y último, lo magnífico y glorioso que puede llegar a ser un simple plato de pasta con salsa de caja cuando uno tiene hambre al finalizar el día.

Totaranui

No fue fácil manejar la diabetes estos días ya que me costó encontrar la manera de no tener hipoglucemias. El ejercicio, si bien no es intenso, es constante y durante varias horas. Todo eso hace que tengas que recalcular las dosis de insulina rápida en cada comida.

En mi caso, tuve que reducir más de la mitad la cantidad de insulina en el desayuno y no inyectarme nada en el almuerzo. Además, durante todo el trayecto tuve que comer alguna barra de muesli para mantenerme. Llegar a esta rutina me tomó los dos primeros días y, mientras tanto, recurría al Gluc Up 15 cada vez que tenía un bajón de azúcar.

Al segundo día, tuve una hipoglucemia fuerte que no pude predecir y, después de una ridícula discusión con Ashley, decidí tomarme un Gluc Up 15 para solucionar la situación. No recuerdo mucho de lo sucedido, pero probablemente si no fuera por Ashley que me obligó a parar, todo habría sido peor y desgraciado.

Las cenas fueron normales y tuve que inyectarme la insulina habitual. Además, todo es más fácil cuando hay que limitarse a leer los hidratos de carbono en una caja. Aunque la comida precocinada no es la opción más sana para el día a día, si es la opción más cómoda para cargar durante tantos días en la mochila. Cuatro cenas de comida chatarra no nos matarán y, además, te puedo asegurar que después de caminar más 4 horas creerás que te estás comiendo el más exquisitos de los manjares.

Después del Parque Nacional Abel Tasman nos quedaba un mes más en Nueva Zelanda, pero yo ya me podía ir tranquilo, ya tenía los dos tesoros que había venido a buscar bien guardados en la retina y en el corazón.

– DAMIAN

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