Península Coromandel

La Península Coromandel era un destino prometedor. Todas las personas que nos habíamos encontrado en el camino hablaban de unos paisajes de ensueño y de unas playas paradisíacas. Y en el mapa aparecía como el canto de una sirena, lejano pero irresistible.

Nuestra primera parada era Tauranga y su monte Maunganui, en Bahía de Plenty. Aunque antes de llegar, visitamos las cascadas McLaren, una paradójica ocurrencia de la naturaleza para refrescarse en un verano que parece nunca llegar. En el medio de un bosque frondoso, una lengua de agua tiende a desaparecer entre las rocas para renacer en una estruendosa caída más adelante. Habría sido mucho más divertido si el calor hubiera acompañado a aquel espectáculo.

Después de esa parada, llegamos al fin a Tauranga. Bonito pueblo portuario, y en el cual el verano enseña, sin escrúpulos, las multitudes amontonadas en sus playas y un ambiente vacacional que nosotros preferíamos evitar. Por ese motivo, subimos al monte Maunganui, para tener una exquisita vista del Pacífico y para escapar del bullicio veraniego del mes de diciembre. El camino a la cima transcurre entre la belleza inmaculada del Pohutikawa en flor y la inmensidad inconclusa del océano. Hay 2 caminos, uno circular que bordea la base del monte, también hermoso pero menos espectacular que el que te lleva a la cima. Este último se puede hacer en una hora y media aproximadamente.

También hay que nombrar el fish and chip que hay en el mercado de pescado. Un lugar genuino, de esos que el paso del tiempo parece no afectar, donde la calidad sólo existe en el producto que venden, y aún así, nadie pretende más.

Desde allí, seguimos subiendo bordeando la costa hasta la casa de Steve, que generosamente nos alojó mediante Couchsurfing. El vive en Opoutere, en una casa rodeada por la más dulce vegetación frutal, en uno de esos lugares en donde podrías despertarte todos los días agradeciéndole a la vida estar allí.

Al día siguiente era el cumpleaños de Ashley. Un día soleado que auguraba intensas emociones. Entonces, nos dirigimos a Whangamata en busca de olas surfeables. Y el Pacífico, en su magnanimidad, le obsequió un mar apacible y divertido, ideal para cualquier cumpleañero.

Desde allí, nos fuimos a Hot Water Beach, una mágica playa en donde, en una determinada zona, excavando en la arena el agua caliente emerge, despreocupada, para el placer de aquel que sudó por el premio. El lugar es lindo, pero otra vez nos topamos con la desnaturalización que provoca la muchedumbre. Hay que ver la procesión de personas por la playa y con una pala al hombro para entender mis palabras. Pero para que se hagan una idea, los campings y los hoteles de la zona alquilan palas a los huéspedes para que vayan a cavar en la arena en busca de la preciada agua caliente.

La tarde caía y, fieles a nuestro estilo, nos empezamos a preocupar por el alojamiento de esa noche. Preguntamos por ahí y estaba todo lleno. Pero la dueña de un camping nos dijo que por la zona había una bodega que tenía una pizzería y, además, dejaban poner la tienda de campaña a sus clientes para dormir gratis. En modo de sarcasmo y precaución, nos avisó “son un poco hippies, pero está bien”. Y como nosotros no tenemos prejuicios, y con Ashley cualquier advertencia será borrada de su mente si en la misma frase se pronuncia la palabra pizza, condujimos hasta Purangi Winery para coronar un perfecto cumpleaños. Al entrar, un locuaz barman nos invitó a dos bebidas caseras a base de guayaba mientras nos contaba historias comunistas. Una vez en la mesa, la pizza en horno a leña y el vino merlot fueron gloriosos. Hippies o no, saben lo que hacen y, si tengo que pasar nuevamente por Coromandel, sin duda volvería a ir. Pero teníamos otro problema. ¿Cómo abordar el tema del alojamiento? No es fácil presentarse en un lugar diciendo que habíamos escuchado que dan alojamiento gratis para los clientes. Después de meditarlo, y ya con unas porciones de pizza adentro, le comentamos al camarero lo que nos habían dicho. Su reacción y su respuesta fue tan natural que dejó en ridículo todas nuestras especulaciones. Es más, en pleno servicio y con el restaurante casi lleno, el camarero me acompañó en auto y me indicó cual era el lugar destinado para acampar gratis. Es fantástico cuando los astros conspiran a nuestro favor y las cosas fluyen sin cuestionamientos ni hesitaciones.

Al otro día, la idea era seguir con el tour de playas hermosas y la siguiente parada era Cathedral Cove. Desde Hahei, el pueblo más cercano, salen barcos que te llevan ahí sin la necesidad de caminar ni remar. También desde ese pueblo salen excursiones en kayak para los que quieren hacer un poco de ejercicio y también conocer algunas de las islas de la zona. Nosotros elegimos la opción mas plebeya e hicimos el camino andando, una hora de subidas y bajadas y con una parada técnica en la bucólica Stingray Beach, la playa anterior a nuestro destino final. En el sendero ya pudimos presagiar lo que nos esperaba en la playa, enormes grupos de personas iban y venían sin ningún interés en apreciar la belleza del trayecto y sin respetar a aquellos que si queríamos disfrutarlo. Y cuando llegamos, nos encontramos una playa idílica repleta de basura e incomodidad. Unos minutos después de haber llegado y ya sentados en la arena, vino un barco a recoger a turistas para llevarlos nuevamente a Hahei. Al lado nuestro, una pareja se apresuraba a cambiarle el pañal a su bebe para subirse al barco. Pero antes de hacerlo, tiraron, conscientemente, el pañal en la arena, como si abandonar el lugar rápidamente los eximiera de culpa. Desafortunadamente, soy incapaz de contentarme con un lugar que en su esencia es impresionante pero que el desprecio de las personas por el entorno destruye su mística. Ojalá pudiera evadirme del cruel desgano de la gente por cuidar los regalos que la naturaleza nos dedica sin pretensiones, pero no puedo y, además, me frustra bastante.

Desde ahí, y ya sin el sol azotando en el cielo, seguimos subiendo hasta Whangapoua, pequeño pueblo costero donde comienza la caminata hasta New Chums Beach. En su momento, esta playa fue votada como una de las 10 mejores del mundo y, aunque si es cierto que parece como que dios se haya olvidado un pedazo de paraíso en la tierra, creo que hay playas más lindas que estas en mi ranking personal. El acceso no es fácil, hay que dejar el auto al final de un camino, cruzar un pequeño río y caminar sobre rocas desparejas y movedizas hasta llegar al sendero que te llevará hasta la playa cruzando un bosque íntegro y salvaje. Una vez allí, la arena blanca encandila la vista, el mar es como si una turquesa se haya derretido en la perpetuidad del tiempo y el bosque atropella, orgulloso, al mínimo atisbo de civilización. Todo está en un equilibro imperturbable, casi como si despreciara la existencia de un observador. Espero que conserve esa magia por muchos años más.

La península continua mucho más hacia el norte, cada vez menos poblada e inaccesible, como si seguir subiendo fuera el final de la escapada. Pero para nosotros era tiempo de buscar un alojamiento para pasar la noche o por lo menos decidir como acabar el día. Tras unos intentos fallidos en la búsqueda de un sitio donde dormir, decidimos cruzar la península hasta el pueblo de Coromandel y luego volver a casa. Por donde estábamos y para no tentar a nuestra suerte, nosotros tomamos la ruta 25 para cruzar la cordillera de Coromandel. Pero también se puede ir por la 309 Road, que es más escarpada, por momentos de grava y tiene vistas más espectaculares.

Con el pueblo de Coromandel descubrimos las injustas desproporciones de Google map. Uno, al ver un mapa, imagina que el tamaño de las letras a la hora de nombrar un pueblo va en proporción a las dimensiones de éste. Nada más lejos de la realidad con Mr. Google. Coromandel, aunque es un pintoresco pueblo portuario, es lo suficientemente pequeño como para pasar desapercibido. Aunque si que es verdad que, en comparación con muchos pueblos de la península, vale la pena una visita e incluso una estancia si se reserva alojamiento con anterioridad o se va en temporada baja.

Como la carretera 25 da la vuelta a toda la península, es posible subir por una costa y bajar por la otra sin cambiar de ruta. Nosotros bajamos por la costa interior, desde Coromandel hasta Thames, por un camino adornado con Pohutikawas, que serpentea entre acantilados y playas empedradas. Da igual se te vas a detener en algún pueblo, la carretera es una atracción en sí y sólo por el derroche de belleza que ofrece, vale la pena transitarla.

Así acabó nuestro viaje por la Península Coromandel, con un sabor agridulce por la certeza de haber conocido lugares de ensueño pero no haber podido disfrutarlos como uno sueña.

-Damián

INFORMACIÓN PARA DIABETICOS

Como ya dije en otros post, lo más difícil de estas excursiones, en donde no planeamos nada demasiado, es el tema de mantener una rutina con los horarios de las comidas, algo muy importante para todos los diabéticos. Nosotros intentamos llevar la comida ya hecha desde casa y ponerla en una nevera con hielo para su conservación. De esta manera, no hay que preocuparse por buscar un sitio donde comer, y por si la comida va a ser la apropiada para nosotros. Lo que casi siempre intentamos es hacer alguna excursión mañanera de caminata o surf y estar siempre a la misma hora cerca del auto para poder comer. A la tarde más de lo mismo. Aunque siempre, en las caminatas, me llevo algunos sticks de Gluc up 15 y algún snack para solucionar posibles hipoglucemias. Hay que tener en cuenta que en Nueva Zelanda no se encuentra un bar o un kiosco con tanta facilidad como en otro lugares. Por eso es mejor estar preparado y tener siempre encima algo con azúcar o hidratos de carbono para evitar males mayores.

También recordar que si no se es residente de Nueva Zelanda, cualquier atención médica hay que pagarla. Por este motivo, siempre es mejor viajar con un seguro médico. Nosotros viajamos con el seguro de viaje para diabéticos que ofrece la Correduría de Seguros Barchilon.

DONDE DORMIR

Nosotros, esta vez, no gastamos nada en alojamiento porque hicimos Couchsurfing y también acampamos gratis. Pero si se va a viajar en diciembre o enero es mejor reservar con anterioridad porque son lugares muy populares en verano y los sitios baratos son los que se ocupan primero.

La zona esta llena de campings, la mayoría son holiday parks, los cuales ofrecen mas comodidades que otros campings más básicos pero también el precio es más elevado. Generalmente, ninguno baja de los 15 NZD, pero la mayoría supera los 20 NZD. También en los pueblos grandes hay hoteles pero, como casi todo en Nueva Zelanda, los precios son irrisorios, salvo que se quiera compartir habitación en un hostel, donde los precios son parecidos a los holiday parks.

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