Samoa

Un día estando al sur de Nueva Zelanda, y mientras contemplaba un mapa del mundo, me sentí lejos, literalmente en la otra punta del mundo. Y de repente, mis ojos se posaron en aquella inabarcable extensión azul y sus miles de islas. El Pacífico, el mayor de todos los océanos encierra historias remotas, marcadas por la mitología y la incerteza. La leyenda primogénita habla de una isla desconocida como el origen de todo, de un trozo de tierra en aquel piélago infinito desde donde partieron, llamados por el poder de la curiosidad, para poblar cada isla del ancho mar, desde Hawaii hasta la Isla de Pascua. Y mientras tanto, Occidente queda tan lejos que no sabríamos ubicar Tonga en esa enorme mancha azul llamada Océano Pacífico.

Entonces, ese mismo poder que una vez conquistó el corazón de aquellos aventureros y los lanzó hacia lo desconocido, me abrazó y me llenó de preguntas sin respuestas. Estando en esta zona del mundo debería aprovechar la “cercanía” y conocer alguna de esas islas inalcanzables. El azar y el presupuesto hicieron el resto, Samoa sería la isla polinesia que continuaría alimentando las leyendas que había empezado a aprender de los maoríes.

Apia

En Nueva Zelanda el invierno era inminente y ya era tiempo de buscar tierras más cálidas donde reposar. Y después de un vuelo de casi 4 horas llegábamos a Apia, la capital del país. Entonces la puerta del avión se abrió y una humedad y un calor sofocantes me dieron la bienvenida. Enseguida comprendí que la mitad de la ropa que llevaba puesta me sobraría y que las palmeras serían el simple y hermoso decorado que me acompañarían los siguientes días.

Palemeras

Samoa, a pesar de su rica historia cultural, estuvo los dos últimos siglos a merced de las potencias colonizadoras. Alemania, Estados Unidos y el Reino Unido se la disputaron. En 1899, en los escritorios de alguna nación lejana se decidió que, de las tres islas principales, dos serían de Alemania y la otra de Estados Unidos, separando así un país con el mismo idioma y la misma cultura. Algunos años más tarde, cuando Alemania perdió la Primera Guerra Mundial, lo que se conocía como Samoa Alemana pasó a manos de Nueva Zelanda. Fue colonia de ésta hasta 1962, cuando se declaró la independencia del país. La otra isla, Tutuila, sigue perteneciendo a Estados Unidos como territorio no anexado y se conoce como Samoa Americana.

Ya en Samoa, de camino al hotel, hay varias cosas que llaman indefectible la atención. Para empezar, el tamaño de la gente. Con la misma fascinación que yo contemplaba su corpulencia, ellos me miraban a mí y, seguramente, creían que me había escapado de Liliput o Blefusco. Pero paradójicamente, esa enormidad imponente se contrapone a la amabilidad y a la simpatía de casi toda la población. Imaginen un gigante caminando hacia ustedes y, en el momento que te dispones a correr, él sonríe dulcemente y te dice Talofa lava (Hola en samoano). Así es Samoa, un país de gigantes en faldas y con una sonrisa tatuada en el rostro. Pero el problema de la obesidad es evidentemente grave y sus consecuencias, desastrosas. La globalización y el progreso, si es que eso realmente existe, hicieron que muchas costumbres culinarias se estén perdiendo y que las comidas procesadas y precocinadas sean más baratas que la propia comida local. Entonces, mientras un kilo de manzanas cuesta 9 talas (3,10€) en el supermercado, un paquete de noodles importado de china cuesta 50 céntimos de tala (0,17€). ¿Así quién puede comer bien?

Lo siguiente que acapara la atención al llegar es las construcciones sin paredes que hay en el terreno de todas las casas. Las fales es, originariamente, un lugar de encuentro que todas las familias poseen en su propiedad y que, a día de hoy, tiene diferentes funcionalidades dependiendo de la casa. Algunos lo usan como salón para ver la tele, otros para reunirse con otras personas, otros para comer, otros para dormir la siesta o descansar y otros para todas ellas. Pero sin duda, lo más particular de estas construcciones sea su falta de paredes. De esta manera, el lugar es mucho más fresco ya que la brisa del mar siempre es una invitada más a la reunión. Claro que para nosotros esa exposición y esa falta de privacidad resulta casi intrusiva. Pero acá, como seguramente en esa fale estará todo el barrio y no hay nada que ocultar, no hacen falta las paredes. Cabe aclarar que la sociedad samoana es extremadamente jerárquica y cada poblado tiene unos jefes que son los que deciden sobre el resto y los que median cuando hay algún conflicto entre familias. Además, los jefes mayores, aunque sean minoría, tienen más poder que los más jóvenes. Y cuando todos estos mandamases se reúnen para decidir el futuro del pueblo, también lo hacen en las fales.

Fale

Por último, en la oscuridad de la noche no se podía distinguir con exactitud lo que significaba aquello. ¿Eran altares? ¿Eran decoraciones? ¿O eran tumbas? Me pareció irrespetuoso hacerle una pregunta así al taxista que ya venía respondiendo a miles de interrogantes y decidí esperar a la mañana siguiente para asegurarme de lo que eran esas construcciones de cemento en casi todos los jardines de las casas. Y aquella duda se volvió certeza a la luz del día. Efectivamente eran tumbas y fue nuestro siguiente taxista el que tuvo que satisfacer nuestra inagotable curiosidad. Su respuesta fue contundente: “¿Para qué vamos a llevar a nuestros familiares al cementerio? Para empezar, es caro y, por sobre todas las cosas, esta es nuestra tierra y antes fue la de mis ancestros. Entonces, ¿Cómo no voy a poder enterrarlos en su tierra?” Este irrefutable razonamiento me aclaró dos cosas: Primero, que exponer tu vida cotidiana a la muerte le quita dramatismo y te recuerda a diario que tú también terminarás en el jardín de lo que fue tu casa. Y segundo, que ningún samoano tiene la mínima intención de mudarse a otro sitio dentro de las islas. Podrás emigrar a otro país pero, si decides quedarte, la tierra de tus antepasados siempre será tu tierra, y esta también será siempre la de tus descendientes.

Tumbas

Las primeras dos noches las pasamos en Le Manumea Hotel, en Upolu, la isla principal de Samoa. El hotel nos costó cerca de 80€ la noche con un gran desayuno incluido y una atención excepcional. Todo el personal presagiaba el carácter apacible de la bondadosa sociedad samoana.

Le Manumea

Samoa no es un país particularmente barato para dormir ya que, por ahora, la oferta hotelera se limita a resorts (para lunas de miel) o a hoteles de menos calidad pero también caros. A diferencia de Fiyi, acá no hay hostels para mochileros y las habitaciones en Airbnb son escasas y de precios irrisorios. Además, comer tampoco es barato y los precios se asemejan bastante a Europa pero teniendo en cuenta que la calidad y la variedad son menores. Así las cosas, sólo quedaba relajarse y disfrutar, aunque nuestro presupuesto se viera afectado por esta “sangría polinesia”.

Al día siguiente de la llegada nos fuimos a recorrer Apia. Sin mucho para ofrecer, en esta ciudad de algo más de 35.000 habitantes destacan la Catedral de la Inmaculada Concepción de María, el paseo de la Península Mulinuu y el mercado de artesanías junto a la terminal de autobuses. El resto es prescindible y de poco interés. Otro rasgo desesperanzador es que, a pesar de su pequeño tamaño y su baja población, el restaurante más grande y que mejor funciona de toda la ciudad es un Mcdonalds ubicado en la calle principal. A día de hoy, la globalización es inevitable aunque haya algunos empeñados en frenarla. ¿Pero esto es realmente lo que habíamos soñado al pensar en esta palabra? En la actualidad, las islas del Pacífico son los países con el mayor porcentaje de diabéticos del mundo. Apartarse de su historia y adoptar un estilo de vida occidental los está matando poco a poco, vivir en el paraíso resultó ser una trampa y hasta ahora pocos se dieron cuenta.

Catedral

Inmaculada

Al segundo día nos íbamos hacia Savaii, la isla más grande del país. Un ferry une Mulifanua con Salelologa, el pueblo principal de Savaii, en 1 hora y por 12 talas. Una vez ahí, el asedio de los taxistas es intenso y los autobuses no esperan a nadie. Lo que era una masa informe de personas, buses, gritos y calor, se volvió en cinco minutos en un parking diáfano con algunos taxistas a la caza de algún turista rezagado. Nosotros le preguntamos a un taxista si conocía a alguien que alquilara autos y nos llevó por 5 talas a la casa de Ma´a, un gigante con cara de bonachón y enfundado en un overol. Era mecánico de profesión y además alquilaba autos. Como no pertenecía a las empresas internacionales de alquiler, fue fácil negociar un precio justo para todos. Nos cobró 100€ por 4 días de alquiler.

Ferry

Savaii, a pesar de ser la isla más grande, solo tiene una ruta que bordea toda el territorio en 4 horas y hay mucho menos desarrollo que en Upolu. Es como viajar en el tiempo y adentrarse en la Samoa tradicional y rústica. Un día, salimos temprano para recorrer la isla y pensando que cuando llegara la hora de comer sería fácil encontrar un restaurante donde parar. Nada más lejos de la realidad, estábamos en la zona oeste, aquello se volvía cada vez más silvestre y en los pequeños poblados nos miraban pasar con curiosidad, como preguntándose que estaríamos haciendo por ahí. Tuvimos que llegar al sur y encontrar un resort para poder comer algo tan simple como un sandwich de tomate y queso.

Falealupo

En esta isla la historia se vuelve a repetir. No hay alojamientos con un precio para mochileros, sólo hay resorts y fales, pequeñas cabañas frente al mar, sin paredes y con cortinas de hojas de palmeras que ofrecen un poco de privacidad. Nosotros nos quedamos en Vacations Beach Fales por 60€ e incluía el desayuno y la cena. Uno puede pensar que dormir en una cabaña al lado del mar junto a tu pareja puede llegar a ser lo más idílico que te pueda pasar en la vida. Y si bien es hermoso despertarse junto al mar, por las noches, si coincide con la marea alta, el sonido de las olas jamás te dejará dormir y además te dará algún que otro susto. Aún así, vale la pena amanecer con la olas rompiendo a tus pies.

Fagamalo

Fagamalo

En Savaii hay algunas cosas interesantes para hacer. Se pueden visitar los campos de lava que recuerdan la última erupción del volcán Matavanu en 1905 y que enterró cinco pueblos. La atracción se encuentra en Saleaula, la entrada es de 5 talas y la guía que nos acompañó no nos dio nada de información extra y sólo se limitó a decir que podíamos leer en la entrada todo acerca de la erupción. La gente local todavía tiene mucho que aprender acerca del turismo y de como sacar más provecho de su increíble país. Pero en vez de eso, sabiendo que de todas formas vas a pagar, te dejan solo sin nada de información del lugar o te acompañan en silencio, lo cual es exactamente lo mismo.

Campo de Lava

Campo de Lava

El sitio es fantástico, la lava dibuja oscuras formaciones inconclusas mientras que los árboles luchan por encontrar las grietas entre la negrura. El paisaje es desolador, la oscuridad del suelo sólo es interrumpida aleatoriamente por aquellos brotes verdes empecinados en vivir rodeados de roca volcánica. Una alfombra negra e inamovible lo cubre todo, llegando incluso hasta el mar.

Otra cosa de interés son los Alofaaga blowholes, al sur de la isla. Agujeros hechos por el mar en las rocas y que con la marea alta forman geiseres marinos. Impresiona el espectáculo, el océano silva en un siku a medida de su grandiosidad. Mientras tanto, el suelo tiembla a tus pies con cada envite del Pacífico y te sugiere que lo respetes.

También hay algunas cascadas en donde la selva expone su belleza y su esplendor. Todas accesibles pagando una entrada previamente. Nosotros fuimos a Afu Aau Waterfall y pagamos el precio standard para entrar, 5 talas. Fue un placentero respiro de agua dulce y exuberante vegetación. Muy poca gente, muchos cangrejos de río y un agua intensamente cristalina engrandecían el lugar. Lamentablemente, nosotros veníamos de Nueva Zelanda, sin dudas el país de las cascadas, y ya nos cuesta sorprendernos por una caída de agua que no sea espectacular. De todos modos, vale la pena.

Savaii Waterfall

También se puede subir al monte Matavanu con un guía, ir a la cueva Paia Dwarfs (en temporada seca), nadar con tortugas o hacer el sendero por el bosque en Falealupo. Este último nosotros no lo quisimos hacer porque cuando llegamos nos querían cobrar un precio irrisorio por 20 minutos de caminata. El lugar de tortugas es poco natural ya que cazan a las tortugas en el mar y las meten en un estanque para que los turistas las puedan ver y tocar. Así hasta que se mueren y vuelven a agarrar otras, realmente triste.

De esta manera pasaron los días en Savaii, girando en círculos alrededor de la isla, escuchando al mar meterse en nuestros sueños, disfrutando de la calidez del Pacífico en estas latitudes y conociendo la bella simpleza y la inquebrantable calma de los samoanos.

Después de cuatro días volvimos a Upolu pero esta vez nos quedábamos en Leuaina Beach Resort, cerca de Faleapuna y a cambio de 70€ la noche. Para llegar hasta ahí tuvimos que tomarnos dos buses. Uno del puerto hasta Apia y otro desde la capital hasta el hotel. Viajar en autobús en Samoa es una experiencia única e inigualable, tanto por su aspecto como por su genuinidad. Todos están personalizados y tienen un sistema de sonido que lo abarca todo y, en general, el chofer siempre va acompañado de un improvisado dj que presta su teléfono para musicalizar el viaje. Por lo tanto, sentarse en los asientos más incómodos que he probado jamás no es tan doloroso mientras miras por la ventana la abundancia del paisaje y escuchas los hits locales. Además, si el autobús se llena, la gente que sigue subiendo en las siguientes paradas intentarán sentarse en los asientos que ya hay dos personas o, en su defecto, en las rodillas del que va del lado del pasillo. Pocos se quedan sin sentar y está mal visto que ocupes el asiento con tus cosas, para eso está la parte delantera de bus. El viaje cuesta 3 talas, aunque varía según la lejanía del destino, y tampoco hay paradas, así que tendrás que decirle al chofer donde quieres bajarte.

Bus

A pesar del nombre, el resort estaba a orilla del mar pero sin ninguna playa a la vista. Podías acceder fácilmente al agua desde un pequeño muelle de madera pero no había arena por ningún lado. De todos modos, debo decir que Samoa, al ser unas islas de origen volcánico no tiene muchas playas y de las pocas que hay, salvo alguna, no son particularmente lindas. Todo lo que uno puede fantasear al pensar en una isla en el medio del océano se desvanece rápidamente en el primer viaje por la ruta que bordea la isla. La costa es pedregosa e irregular y la arena de la mayoría de las playas no es tan blanca como se podría imaginar.

Cabe aclarar que después del primer autobús, intenté en vano alquilar un auto en Apia. Era sábado a la tarde y muchas oficinas estaban cerradas y las que estaban abiertas no tenían autos disponibles. Los inconvenientes de improvisar pueden hacer cambiar el viaje o, por lo menos, que tome otro rumbo. Por una parte era un gran gasto menos pero por otra parte era la manera que teníamos de recorrer la isla puesto que no es nuestro estilo quedarnos “encerrados” en un resort. Al final alquilamos un auto en el hotel por un día por 120 talas. Por este motivo, tuvimos que seleccionar bien lo que queríamos ver y hacer en ese día y, lamentablemente, descartar algunas cosas.

El día que alquilamos el auto lo empezamos yendo a la más linda de todas las playas de Samoa, Lalomanu. Previo pago de 5 talas, uno puede sentirse en el mismísimo paraíso terrenal. Una playa con una arena de ultrajante blancura, con un sosegado mar hialino y con unas palmeras intentando besar el océano.

Lalomanu

Olas

Después de Lalomanu nos dirigimos a To Sua Ocean Trench, tal vez el lugar más fotogénico de todo Samoa y en el cual te cobran 20 talas para entrar. Aquí, el Pacífico consiguió perforar el acantilado con su insistente tenacidad y formó dos grande agujeros en la tierra. Para acceder a uno de ellos hay que bajar una empinada escalera de madera hasta una plataforma del mismo material y desde ahí saltar al agua. Imaginen la postal, nadar en aguas turquesas, entre acantilados desbordantes de vegetación y con el mar rugiendo del otro lado de la pared pero sin llegar a verlo nunca, sólo sintiéndolo con sus corrientes acompasadas y su sonido insoslayable.

To Sua Trench

To Sua Trench es un lugar para quedarse todo el día pero debíamos aprovechar el auto y la luz solar ya que en Samoa anochece cerca de las 6 de la tarde. Así que seguimos para ver alguna de todas las cascadas que tiene la isla. Elegimos Papapapaitai falls (si, está bien escrito) ya que quedaba en la carretera que cruza la isla de sur a norte y que nos ahorraba tener que bordearla entera. La cascada es impresionante por el entorno aunque el mirador para apreciarla esté lejos. En el medio de la selva se abre paso una lengua de agua para caer 100 metros y volverse a perder en la espesura de la vegetación. La lejanía del mirador da una perspectiva inmejorable de todo su esplendor.

También gracias al auto pudimos parar en todas las iglesias que nos resultaron particulares para sacarles fotos. El pueblo samoano es particularmente religioso, a tal punto que los domingos se detiene todo, incluso no te dejan ni surfear. Antes de la llegada de los europeos los nativos eran politeístas pero, ante todo, adoraban al Dios Tagaloa, todopoderoso y creador de la tierra. Por este motivo no les resultó difícil convertirse al cristianismo y a los pocos años de haber llegado los primeros europeos (1830) ya se estaban imprimiendo las primeras ediciones del Nuevo Testamente en samoano. A día de hoy, cada pueblo tiene, como mínimo, una iglesia en donde todos los domingos se reúnen los vecinos con sus mejores ropas blancas. Es entretenido ver a las mujeres con sus sombreros blancos de ala salir de casa y marchar en procesión hacia la iglesia y de la mano de sus hijos, también vestidos para la ocasión.

Iglesia

Iglesia

Iglesia

Iglesia

Al día siguiente fuimos hasta la oficina de turismo de Apia a ver una demostración sobre la cultura samoana. En general, soy bastante reticente frente a estas maneras de mostrar la cultura de un lugar ya que me parecen sobreactuadas y exclusivas para los turistas. Pero como había leído buenas críticas y era gratis, decidimos ir. Nos sorprendió ver algún que otro local entre el público y la verdad que no defraudó. Nos enseñaron su manera tradicional de cocinar, la técnica de hacer los tatuajes (estaban tatuando a un local), como hacían sus artesanías y algunas anécdotas sobre su cultura. Al final, sirven la comida que se estuvo cocinando durante la demostración y hacen una danzas tradicionales para animar el almuerzo. Luego pasan una bolsa para recibir donaciones. Después de casi 3 horas de explicaciones, comida y danzas cualquier persona está dispuesta a pagar por lo aprendido y mucha gente dona más que lo que podría valer una entrada para este tipo de atracción.

Samoa Cultural Village

Samoa Cultural Village

Los demás días fueron de pura paz y tranquilidad en las playas cercanas al hotel, ya mimetizados con el ritmo de vida samoano. En Samoa todo transcurre a 40 km/h, la velocidad máxima permitida en las rutas, y así hay que entenderlo para no desesperar. Cualquier taxi que te lleve al aeropuerto no superará esta velocidad, por ende hay que salir con tiempo y con la misma paciencia con la que hay que afrontar el día a día en este país.

Cuando el avión despegó, las sensaciones eran contradictorias. Por un lado, sabes que has estado en el empíreo, en un lugar donde todavía miran con curiosidad a los occidentales y te sientes un privilegiado por ello, en un lugar donde la gente te habla cuando se sienta al lado tuyo en el autobús y en donde las sonrisas abundan. Pero por otro lado, nuestro presupuesto se vio afectado y en pocos días gastamos lo de un mes, para los vegetarianos es un lugar complicado a pesar de tener abundantes frutas y verduras y no pensábamos que tendríamos que pagar para entrar a cada playa y habríamos deseado que estas fueran más bonitas. Pero solo por el hecho de sentirte en un lugar tan diferente de lo que has visto hasta ahora, vale la pena visitarlo. Culturalmente, Samoa no se parece a nada, es una equilibrada mezcla de tradicionalismo, simpatía y desarrollo decadente, suficientes motivos para vivirlo.

– Damián

QUE COMER

La base de la comida en Samoa es el Taro y la carne de cerdo. Esta raíz, aunque es alta en fibra, tiene muchos carbohidratos y por ende los diabéticos la deben comer con moderación. En 100 gramos de taro hay 26 gramos de hidratos de carbono. Casi una ración más que en las patatas.

Otra fruta que abunda y que también es muy alta en hidratos de carbonos es el frutipan. Tiene 27 gramos de HC en 100 gramos de fruta. A pesar de ser una fruta, se come como un tubérculo y frita está muy rica. Pero de nuevo, los diabéticos debemos comerla con moderación por su alto contenido en HC.

Y como dije anteriormente, en Samoa es más barata la comida empaquetada que un kilo de fruta. Esto está haciendo que la gente opte por la comida chatarra antes que por la natural y sana. Estos cambios de hábitos alimenticios traen consigo unas consecuencias desastrosas para toda la población y que se pueden apreciar fácilmente. Desafortunadamente, Samoa no es el mejor país para un diabético en lo que a comida se refiere.

Amanecer

Virgen

 

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