Sídney

Dejamos atrás Samoa para aterrizar en Australia, uno de los destinos más anhelados de este viaje. Luego de seis horas y media de viaje llegábamos a Sídney, la ciudad más grande de este país-continente de 7.741.220 km² y 23.613.193 habitantes.

Australia es un país tan grande que emprender un viaje por tierra implica manejar durante horas sin llegar a ningún lugar deseado. Y nosotros sólo teníamos un mes para recorrer esa fastuosidad de lo inabarcable. Por ende, la planificación y el descarte eran inevitables. Había que elegir según unas prioridades idealizadas ya que ninguno de los dos había estado antes ahí. Y el plan terminó siendo Sídney, Melbourne y Perth como destinos principales y en cada una de esas ciudades alquilar un auto para recorrer los parques nacionales de los alrededores y así tener un mínimo de contacto con la exuberante y salvaje naturaleza de este país.

Ya en el aeropuerto, Ashley hizo virtud de su pasaporte estadounidense mientras que yo tuve que hacer una hora de cola para superar el control migratorio. Sin mediar palabra, me devolvieron el pasaporte y me encontré con una Ashley harta de esperar por mi “desafortunada” nacionalidad.

La opción más barata para llegar a la ciudad desde el aeropuerto es el tren. Cuesta AU$18 y en 15 minutos te lleva al CBD (Central Business Distric). La otra opción es el taxi, que cuesta aproximadamente AU$50 y tarda una media hora, siempre dependiendo de la hora del día.

Sydney Harbour

Nuestro alojamiento estaba en el barrio de Paddington, zona pudiente de casas bajas y balcones de estilo colonial. En el taxi desde la estación de tren hasta la casa, la primera impresión que me ofreció la ciudad fue la misma que me acompañó el resto de los días. Algo había ahí que no había visto en los seis meses en Nueva Zelanda y mucho menos en Samoa. No es sólo una cosa lo que te lleva a presentir que te encuentras en el lugar correcto, tampoco es un conjunto de cosas identificables independientemente, está en el aire y en los pequeños detalles, es algo que lo envuelve todo y lo hace brillar con el resplandor de la complicidad testimonial.

Según las palabras de los australianos que nos habíamos encontrado en Nueva Zelanda, ellos habían abandonado el país cansados de la cultura del trabajo, del enaltecimiento de la imagen y de la acumulación de bienes materiales. Nueva Zelanda, en ese sentido, es una sociedad mucho más relajada, menos materialista y más volcada a la naturaleza. Pero en Australia, en cambio, los sueldos son más altos, hay más oferta cultural y las ciudades no tienen nada que envidiarle a cualquier metrópoli primermundista del hemisferio norte.

Para la noche del día que llegábamos teníamos entradas para ver a la Orquesta Sinfónica de Sídney interpretando a Tchaikovsky en la Ópera. Un excusa perfecta para conocer por dentro uno de los edificios más emblemáticos del mundo. Y la experiencia no defraudó, el edificio por fuera es tan magnífico como en todas las imágenes que ya habíamos visto con anterioridad, y por dentro es una bestia de concreto, con una decoración escasa pero imponente en su enormidad. Y el concierto sonó acorde al lugar donde estábamos para finalizar una noche perfecta.

Sydney Opera

Al día siguiente fuimos despertados por el incesante griterío de las cacatúas y por el lamento inmortalizado de los cuervos australianos. Estos dos pájaros endémicos de Australia están por toda la ciudad y se hacen notar por sus escandalosos sonidos. El canto de las cacatúas es como el incansable traqueteo de un tren sin paradas y el gemido de los cuervos es como el llanto infatigable de un bebé hambriento. Pero a pesar de las molestias, esto sólo podía augurar algo bueno. Si en la ciudad más grande del país la fauna estaba tan presente, entonces en las zonas más salvajes la naturaleza podría aferrarte. Pero no nos desviemos de Sídney.

Estaba ansioso, había caminado por la ciudad de noche y había encontrado rincones parecidos a otras ciudades en las que había estado que no sabía que echaba tanto de menos. Ahora quería verla bajo la luz del sol, cuando todo el esplendor se pinta del color del día.

Las construcciones victorianas se confunden entre edificios vanguardistas en una lucha desigual hacia la modernidad. Las calles abarrotadas de extranjeros, inmigrantes y turistas, nos recuerdan que más del 30% de la población ha nacido fuera de Australia. Eso alimenta al paisaje con la riqueza que solo la diversidad puede brindar. Perderse entre las calles del barrio chino o del barrio coreano forma parte de la lírica cosmopolita que la ciudad tiene para ofrecer.

Esa diversidad se refleja en la oferta gastronómica de la ciudad. Como si de un salvavidas se tratara, tanta inmigración hizo que la escueta y aburrida cocina inglesa quedara relegada frente al triunfo ineludible de la fusión. Para aquellos a quienes les gusta probar platos nuevos y de culturas, para nosotros lejanas, Sídney es un gran parque de atracciones, repleto de sorpresas y diversión.

Paddington está a una distancia caminable del centro de la ciudad siempre y cuando seas de esas personas que olvidan las distancias y el cansancio por estar inmersos en la excitación de la novedad y que recorran la ciudad a pie esperanzados con que algo aún más bello siempre está por llegar.

Sydney Bridge

Así fue como el segundo día deshicimos el camino que habíamos hecho la noche anterior. Viendo como la ciudad se acaba mientras te adentras en el Jardín Botánico hasta llegar a la bahía y, desde la última atalaya, contemplar una vez más la Ópera y detrás el Puente del Puerto. Este parque, a pesar de estar rodeado de ciudad, alberga una cantidad inimaginable de animales (sobre todo aves) y sonidos que sentarse en un banco a empachar los sentidos debería ser una atracción turística en sí. A la entrada del Jardín Botánico también se encuentra la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, gratis para ver su exposición permanente y de pago para ver las temporales (AUD18).

Pericos en el Jardín Botánico

Desde ahí no es difícil alcanzar la Ópera y la zona de ocio que la rodea. Un poco más allá, nos adentramos en el barrio con más encanto de Sídney, The Rocks, lo más parecido a un casco antiguo que hay en toda la ciudad. Cuenta la historia que a ese lugar llegaron aquellos marineros británicos que tocaron tierras australianas por primera en busca de nuevos horizontes y riquezas en 1788. Y desde ese barrio comenzaron la construcción de la ciudad a base de mano de obra presidiaria llegada desde las islas británicas.

Y hasta hoy llegan las leyendas que, entre esas callejuelas, fueron formando esta nueva nación. Al caer la noche, entre faroles indecisos, esos cuentos de reos y maleantes de antaño toman vida para imaginarnos aquellos primeros días, aquellas primeras vidas que dibujaron lo que hoy es Sídney. Recomiendo hacer el tour gratuito que sale desde Cadmans Cottage todos los días de la semana a las 6 de la tarde para hacerse una mejor idea de lo que significa este barrio para el resto de la ciudad.

En este barrio también comienza George Street, tal vez la arteria principal de esta urbe. A caminar por George Street también le podemos dedicar un día entero. Allí podemos encontrarnos con el edificio Queen Victoria, antiguo mercado y hoy convertido en centro comercial, el ayuntamiento y cientos de tiendas. Desde ahí, el barrio chino, el coreano y el gran Paddy´s Market están a unos pasos. Este último es un singular bazar tan diverso como la sociedad de la ciudad y en donde puedes comprar los souvenirs más baratos de todo Sídney.

Darling Harbour

No lejos de ahí también se encuentra Darling Harbour, un barrio que me hizo acordar a Puerto Madero en Buenos Aires. Además del acuario y del museo marítimo, todo lo demás es un entramado de edificios destinados al ocio, al consumo y al entretenimiento. Si buscas algo de eso, es el lugar ideal, si no mejor evitarlo. Por supuesto que en las guías lo verás como un lugar imprescindible al que visitar, aunque, en mi opinión, puedes encontrar lo mismo, más barato y más genuino, en cualquier otro rincón de la ciudad.

Al día siguiente amanecí en la dicotomía de seguir explorando la ciudad o alejarme y poner rumbo hacia el mar. Pero esa mañana no quería cederle terreno a un invierno inminente y prometía una primavera eterna. Entonces los obstinados rayos de sol de mayo me empujaron hacia Bondi Beach, a media hora en bus del centro de la ciudad. Era fin de semana y la muchedumbre tampoco se resignaba a la llegada perentoria del invierno y abarrotaba el mar, la arena y el paseo.

Desde Bondi Beach hay un camino llamado Coastal Walk que bordea el litoral hasta Coogee Beach y que vale la pena hacer. El sendero transcurre sobre los acantilados y desciende cada vez que llega a una playa para volver a subir al despeñadero y proseguir así con el espectáculo durante algo más de dos horas. A pesar de haber escaleras y ser bastante urbano, no es un paseo exigente y la cercanía del mar le da el salvajismo suficiente para olvidarte que estás muy cerca de la ciudad más grande de Australia.

Bondi Beach

Coastal Walk

Al cuarto día, alquilamos un auto para conocer los alrededores de Sídney ya que el deseado equilibrio entre el cemento y lo silvestre jamás lo encontraríamos ahí. Yo deseaba perderme hacia el norte, en busca de sol, playas y olas pero la tiranía de las distancias no hacía viable ese plan. Así que pusimos rumbo al interior, hacia el Parque Nacional Blue Mountains, a 2 horas de la jungla de cemento.

A medida que nos alejábamos de Sídney, el paisaje se iba volviendo disimuladamente más ondulado. Las casas bajas dieron lugar a los bosques de eucaliptos y el termómetro comenzó a bajar sin piedad, nos íbamos acercando a Katoomba, nuestro destino.

Después de pedir un mapa en el hostel donde nos quedábamos y aprovechando los últimos rayos de sol, salimos hacia las famosas Three Sisters ya que queríamos presenciar el fin de tarde desde ahí.

The Three Sisters

The Blue Mountains

The Three Sisters es un peñón de tres cabezas que amenaza con lanzarse a un profundo e inabordable cañón alfombrado de vegetación. Desde el mirador se puede divisar la espectacularidad del entorno e imaginar su grandeza. Mientras tanto, el sol no se resignaba a abandonar el día y bañaba con sus últimos destellos los insondables acantilados que poco a poco iban ensombreciendo la profundidad.

Al día siguiente, madrugamos para hacer uno de los tantos trekkings que se pueden hacer por la zona. Nosotros elegimos el National Pass (6 km) ya que es de una exigencia media y lo suficientemente escénico como para hacernos una idea del lugar. El sendero baja abruptamente junto a la roca rojiza para adentrarse en el bosque siempre pegado al acantilado. No en vano las escaleras que sirven para descender son las más altas al aire libre de todo el país. Por momentos, el camino recuerda la Ruta del Cares de Picos de Europa pero exento de la crueldad de su historia.

Waterfall

Mientras tanto, las cacatúas nos recuerdan, con su bullicioso dialogar, que esta es su tierra todavía sin conquistar. Las vimos de todos los colores, pero las más comunes son las blancas con crespones amarillos y las intimidantes negras. En las curvas, cuando es posible tener una mejor perspectiva del camino recorrido, se aprecian en la copa de los eucaliptos más altos decenas de manchas blancas, siempre dispuestas a cambiar el paisaje frente al mínimo ruido ajeno.

Entre cacatúas de colores, cascadas imposibles y eucaliptos centenarios, llegamos a la subida que nos despertaría del sueño. Si la bajada inicial fue escarpada, las escaleras para deshacerla no eran menos. Pero todo tiene un precio, y este era insignificante para lo que ya habíamos visto.

Cacatúa

Dejamos atrás las Blue Mountains con el pesar de no haber tenido más tiempo para explorarlas en profundidad. Pero yo continuaba sumando motivos para volver a Australia.

De ahí nos fuimos a un cuarto que alquilamos por Airbnb en Illawong, a las puertas del Royal National Park. Este parque nacional, el primero del país y el segundo del mundo, está a 40 minutos de Sídney, la entrada cuesta AUD12 por vehículo y alberga senderos que recorren tanto su interior y como su litoral. Nosotros elegimos uno de los que bordea la costa para sentirnos acompañados por el mar y para visitar la Wedding Cake Rock, una de las principales atracciones del parque. La Wedding Cake Rock es una piedra perfectamente cuadrada y escandalosamente blanca que emula un pastel de bodas y que amenaza con caerse con el próximo envite del mar. A día de hoy, una valla vela por una fama menos trágica e impide acercarse para sacar una buena foto. Hace unos años, las autoridades del parque, cansadas de tantas muertes voluntarias y otras tantas accidentales, decidieron “enjaular” la atracción para despojarla de su forzado lado oscuro. Desde este sendero también es posible ver ballenas cuando es la época, entre mayo y noviembre.

Royal National Park

Wedding Cake Rock

Unas 4 horas en el parque nos sirvieron para asimilar la joya que todos los habitantes de Sídney tienen a escasos minutos de la ciudad. Playas impecables, senderos interminables y una vegetación exuberante junto a una ciudad de más de 4.000.000 habitantes es un privilegio difícil de superar.

Desde ahí seguimos bajando hasta Vincentia. Esa noche nos alojaban Carl y Viv mediante Couchsurfing y nos ofrecimos a hacerles la cena como agradecimiento. Entre empanadas argentina y anécdotas lejanas y no tan lejanas, el semblante de Carl adoptó de repente una seriedad ignota hasta el momento, como si revolviera entre sus recuerdos para rememorar alguna experiencia ya vivida. Y con la mirada todavía rezagada junto a un recuerdo, nos dijo “Además de envidia de la sana, me generan respeto. No sólo por el coraje que hay que tener para dejarlo todo y salir a viajar, y más con diabetes, si no también porque las cosas hay que hacerlas cuando las deseamos. Cuando era joven nunca pensé que ciertas cosas me dejarían de gustar y que con los años me empezarían a atraer otras cosas. Nunca se sabe como seguirá nuestra vida y cuanto puede cambiar, y por esa simple razón no deberíamos posponer nuestros sueños.” Acunado por las palabras de Carl que reafirmaban El Plan, nos fuimos a dormir en paz. La mañana siguiente nos prometía canguros saltando por el jardín y no queríamos perderlos.

Como un niño a la espera de los Reyes Magos, la impaciencia me perturbó toda la noche y al despuntar el alba ya estaba dispuesto a salir al jardín para abrazarme con un canguro. Y ahí estaban, lejos pero visibles, saltándole al amanecer y a la libertad del campo. Intenté fotografiarlos para eternizar el momento pero estaban muy lejos y mis ojos no querían desperdiciar la magia de ese instante.

Canguros

Satisfechos con el espectáculo, y sin saber lo que nos depararía el día, salimos rumbo al Parque Nacional Booderee, también junto a la costa y con varios senderos para recorrer. Pero todos nuestros planes se torcieron al llegar al parking. Al bajar del auto y empezar a caminar, doblamos una curva y dos canguros despreocupados nos miraban sin mucho interés desde el medio del camino. No fue fácil reponerse del shock, quedamos anonadados y sin saber como actuar frente al salvajismo de la situación. Hasta que del otro lado, un grupo de surfista que salía del mar pasó junto a ellos con el mismo desinterés con el que los canguros nos habían ninguneado a nosotros.

Volvimos sobre nuestros pasos para recoger la cámara de fotos ya que la mañana prometía diversión. En ese momento, el más pequeño de los canguros se acercó al auto al compás de sus particulares saltos. No pretendía nada de nosotros, pero nosotros, derretidos en amor, estábamos dispuestos a darle todo lo que nos pidiera. Así, junto a su joven curiosidad y a nuestro cariño incondicional, fuimos jugando con él, arrancando hierba para darle de comer de nuestra mano hasta ganar su confianza y que nos permitiera unas cuantas fotos memorables.

Canguro y Yo

Lo que no sabíamos era que caminando unos metros más, antes de llegar al mar, un grupo de canguros pastaba con la misma parsimonia que los dos anteriores y sin prestarle mucha atención a la gente que pasaba a su lado. En una mesa del lugar comimos rodeados de canguros, entre risas y comentarios acerca de lo inaudito de la situación.

Después de comer, al fin pudimos seguir con el plan original de caminar por el parque y conocer alguna de sus playas. La más cercana al parking es Cave Beach, y en sus accesos es donde se pueden ver esos distraídos y sociables canguros. Un poco más lejos, y totalmente desierta, se encuentra Bherwerre Beach. En esta también es posible ver canguros pero son mucho más díscolos y más huidizos que los de la otra playa.

Canguro y el Mar

Bherwerre Beach

Satisfechos por la experiencia, empezamos a subir nuevamente hacia Sídney. Ya teníamos con nosotros unos cuantos momentos para recordar hasta la eternidad. Esa noche dormimos en un Airbnb en Nowra y al día siguiente paramos en Wollongong para comer y no hacer tan largo el viaje.

De Wollongong simplemente podemos decir que tiene un bonito paseo marítimo, un interesante museo gratuito y una extensa zona peatonal dedicada al comercio. Pero es un buen pueblo para comer junto al mar y hacer una parada antes de llegar a Sídney, a una hora y media de ahí.

De esta manera nos despedíamos de Sídney para continuar con nuestro viaje. Apenados por dejar atrás una de las ciudades más vibrantes del mundo, con un clima benigno incluso en invierno y con una calidad de vida más digna del hemisferio norte que del sur, nos subíamos al bus que nos llevaría a Melbourne, la otra perla de Australia.

Pero la abandoné con la dulce sensación de la certeza, convencido de que, a pesar de su aire elitista, es una magnifica ciudad para tirar el ancla y vivirla como se merece.

– Damián

 

Información para diabétic@s

Sídney, y Autralia en general, tiene un sistema de salud gratuito y eficiente que a muchos países desarrollados les gustaría tener. Pero si no se es residente del país, tendríamos que pagar para que nos atiendan. Por eso siempre recomendamos viajar con un buen seguro de viaje que también cubra la diabetes. Nosotros elegimos el seguro que ofrece Correduría de Seguros Barchilon.

Por otro lado, las insulinas que se comercializan suelen ser las de los mismos labotarios que hay en Europa y en Sudamérica y la concentración también es la misma que en esos lugares. Aunque la insulina Tresiba todavía no se puede conseguir en Australia, el resto si se pueden comprar presentando la receta de un doctor local.

Como he dicho anteriormente, hay comida de todas las culturas imaginables. Por ende, si no nos animamos a comer cosas nuevas porque no sabemos los hidratos de carbono que van a tener, siempre habrá un restaurante con comida conocida adonde ir.

Si vamos a hacer un viaje largo por carretera, recordar que en verano Australia puede ser un país muy caluroso y habrá que gestionar bien la temperatura de la insulina. Nosotros compramos un cooler de playa para llenarlo de hielo y meter la insulina dentro. Para las excursiones cortas, llevábamos los cooler de Medactiv que funcionan muy bien.

También hay que tener cuidado con las caminatas largas y las posibles hipoglucemias que pueden producirse. Australia es un país que invita a caminarlo. Dentro de la ciudad no habría problemas porque es fácil tener acceso a un jugo de naranja o a unas galletas para solucionar un bajón de azúcar. Pero en los parque nacionales nos podemos encontrar en una situación complicada si no llevamos nada encima para solucionar una hipo. Nosotros siempre llevamos Gluc Up 15 y algunas barritas de muesli para esos casos.

DONDE DORMIR

Australia es un país caro en general y en alojamiento en particular. No es fácil encontrar algo que baje de AUD70 (€50) si pretendemos un poco de confort. Aunque siempre tendremos la opción de un hostel con habitaciones compartidas por €25.

Si viajamos acompañados, la mejor opción sigue siendo Airbnb ya que suele ser más barato que los hoteles pero tampoco mucho más. Y siempre nos quedará la alternativa de Couchsurfing que en Australia funciona bastante bien y es gratuito. Aunque el objetivo real de esta comunidad no es dormir gratis si no compartir tu cultura con el anfitrión.

 

Recent Posts

Comments/Comentarios

Be First to Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.