Wisconsin

Nunca imaginé viajar a Wisconsin y creo que en mi lista de destinos no aparecía ni en los últimos puestos hasta que conocí a Ashley. Pero convencerme a mi mismo de ir fue difícil cuando ni siquiera ella pudo, alguna vez, enumerarme cinco cosas buenas de Wisconsin.
Todo se limitaba a que ahí la gente es buena y la cerveza, mejor. Y con esas referencias, abandonamos Chicago para adentrarnos en las profundidades del medio oeste. La siguiente parada sería Verona.

Antes de empezar el relato, tengo que decir que todo lo que pueda contar acerca de Wisconsin está embelesado por el fantasioso velo de la época estival. Porque el invierno allí puede ser todo lo cruel y hostil que uno se pueda imaginar.

En el camino la preocupación fue en aumento. Mientras que en Chicago las banderas estadounidenses se limitaban a los edificios públicos o a las construcciones más simbólicas, en los pueblos, este emblema ondeaba en el porche de todas las casas e, incluso, en algún que otro mástil en el jardín de éstas.
Se me hace difícil entender que lleva a una nación entera a decorar sus casas con la bandera de su país. Y en algún punto me asusta tanto nacionalismo injustificado cuando, en realidad, quedan pocos rincones en este mundo que estén sin conquistar económica o militarmente por ellos.

Después del baño de banderas que duró tres horas, y ciertamente casi todo el viaje por Estados Unidos, llegamos a Verona, a las afueras de Madison, la capital de Wisconsin.
Del pueblo en si, hay poco que contar. Un recorrido por los lugares con un peso sentimental para Ashley fue suficiente para casi abarcarlo entero. De la cercanía a Madison es de lo que puede presumir el pueblo.

Un día agarramos las bicicletas y, deliberadamente, nos perdimos entre los senderos que cruzan los interminables campos de maíz hasta llegar a Madison. Un trayecto que, en condiciones normales, nos habría llevado una hora, terminamos haciéndolo en tres horas, en una mezcla de traición de Google Maps y de arrogante testarudez de la “guía”.
De todo modos, fue un viaje memorable. Salir del puro campo y entrar, casi sin hacer ruido, a la encantadora capital es algo que volvería hacer sin dudarlo.

Capitolio en Madison

Madison es una tranquila y apacible ciudad y se encuentra enclavada en un istmo, está bañada por el lago Monona por un lado y el Mendota por el otro.
Indudablemente, lo más interesante es que hay una ley que prohíbe construir edificios más altos que el Capitolio, que domina todo el territorio desde el centro de la ciudad. Esta saludable ley hace que nunca creas reales los 230.000 habitantes que viven allí y, además, hace que la atmósfera esté impregnada de esa sensación ineludible de pueblo eterno.
Es imprescindible dar un paseo por la calle principal State Street o por la zona de la Universidad de Wisconsin, a orillas del Mendota.

Lo más destacable de la región es que está preparada para recorrerla entera en bicicleta ya que la extensa llanura está surcada por antiguas vías de tren devenidas en senderos inacabables.

Camino en Wisconsin

Volviendo a las “verdades” de Ashley, la cerveza es indiscutiblemente excelente. Las pequeñas breweries (fábricas) se amontonan por todo el territorio, siendo posible pedalear, tomarse una cerveza, volver a subirse a la bici, tomarse otra y así hasta aburrirse o hasta quedar dormido al costado del camino.

Con respecto a la otra bondad de Wisconsin, no llegué a tener el tiempo suficiente como para conocer a fondo a tanta gente y poder afirmar que la gente allí es buena. Pero si puedo decir que la gente que conocí ha sido agradable, generosa y divertida. Sin embargo, me gustaría profundizar en el que fue el mayor choque cultural que tuve en esa tierra y explicar mis palabras de porque ahí la gente es sospechosamente sociable.
Tuve varias situaciones que, sin llegar a ser incómodas, fueron desconcertantes. Tal vez porque me críe en una gran ciudad no estoy acostumbrado a que un extraño te diga en la calle “bonita camiseta”, o que en un parking una desconocida te comente, sin mediar palabras, “me gusta tu auto”. En Euskadi, simplemente eso nunca habría sucedido. Y en Argentina, desafortunadamente, habría pensado que, después de esos halagos, me iban a pedir algo o me iban a intentar vender alguna cosa. Pero allí no, la gente te habla como si festejara el hecho de poder hacerlo.
Un día fuimos al supermercado a comprar unas cosas y cuando llegó nuestro turno para pagar, la cajera me preguntó naturalmente: Hola ¿Qué tal el día?. Desconcertado, no supe que responder. Mi mente se debatía entre todas las intenciones de la pregunta y entre todas sus posibles respuestas. No sabía si era una pregunta meramente protocolar, o si realmente quería que le contara mi día, o si ella, simplemente, era una entrometida que quería saber de la vida de los demás.
La miré a Ashley como suplicando que solucionara esa situación, y con la misma naturalidad de la pregunta, respondió “No va mal, gracias. ¿Y el tuyo?”. En ese momento llegué a pensar que abriríamos unas cuantas cervezas y que entre toda la gente de la cola tendríamos una charla sobre nuestras vidas y terminaríamos todos abrazados, brindando por nosotros. Por suerte, nada de eso sucedió y, después de unas palabras más, pudimos “escapar” del supermercado.

Siguiendo con nuestro viaje, a los pocos días de llegar, nos dirigimos hacia el norte del estado, sumergiéndonos aún más en las oscuras profundidades del medio oeste, donde los socios de la Asociación Nacional del Rifle y los republicanos se hacen sentir. Ahí vive la abuela y algunos tíos y primos de Ashley.
A la casa de la abuela Leona llegamos una noche castigada por el gélido viento del Ártico. Ella nos esperaba con todo el amor que sólo una abuela puede tener y con una deliciosa y caliente crema de queso. Frente al elogio, ella infló el pecho y se reconfortó en su destreza. Pero cuando llevé los platos para lavar, vi tres latas vacías en el fregadero y me di cuenta de que lo que había creído que era una exquisita sopa producto de décadas de sabiduría, era una mezcla de tres latas de comida procesada pero, aún así, con el cariño intacto e indiscutible de una abuela. Y con el hambre y el frío que teníamos, la sopa fue una fiesta. No hay que quitarle mérito a Leona.

Después de esa parada técnica en Halder, al otro día salimos temprano para continuar nuestro camino hacia el hijo huérfano del Estado de Michigan, Upper Michigan. Allí se encuentra el Parque Estatal Porcupine Mountains, otro opulento regalo de la naturaleza y otra de esas grotescas contradicciones que reinan en este país. Mientras parte del territorio se desangra, contaminado, debido al fracking, en otras zonas se encuentran perlas inmaculadas, refugios inabarcables de fauna y flora intactas.

Parque Estatal Porcupine MountainsLake Of The Cloud
En este parque estatal, a orillas del gigante Lago Superior, podemos encontrar abetos canadienses, arces, abedules y tilos formandos valiosos bosques antiguos sobre las sutiles laderas de las montañas.
Entre la fastuosa vegetación descansan osos negros, águilas reales, ciervos, pavos y un sin fin de tipos de ardillas entre otros animales.

Quiero detenerme para describir mi “extraña” relación con las frenéticas ardillas. Como algunos ya sabrán, tanto en Buenos Aires como en Bilbao no es común ver estos escurridizos animales. Entonces, al llegar a la casa de Ashley sentí que cientos de ellas venían a darme la bienvenida. Había grises, marrones, con colas largas, sin colas, todas divirtiéndose entre la tierra y los árboles.
Por las mañanas, me despertaba y me asomaba a la ventana para saludarlas, y cautivado por sus imprevisibles movimientos, me quedaba soñando con ser como el Flautista de Hamelin, con ellas bailando al calor de mi ritmo.
Un día, en la casa de unos amigos de Ashley y mientras charlábamos en el salón, vi unas ardillas cruzar el jardín. Olvidé la conversación y salí disparado para aplastar mi nariz contra la ventana e intentar hablarles. Mientras tanto, Ashley se avergonzaba de mi actitud y sus amigos se miraban extrañados y sin comprender demasiado lo que me estaba pasando.

Con la perspectiva del tiempo a su favor, puedo entender su sorpresa. Imagino a un esquimal de 30 años correteando detrás de las palomas en un parque de Buenos Aires y riéndome con mis amigos de tal “idiotez”. Para los amigos de Ashley era lo mismo, un forastero intentando jugar con un animal tan vulgar y ladino como una ardilla. Para ellos, sólo un total idiota podría hacer tal cosa, pero yo, de todas forma, era feliz en mi mundo repleto de ardillas parlanchinas.
Y en las Porcupine Mountains vi a la más hermosa de todas. Una pompa de algodón anaranjado destellando junto al sol y arrebatándole el silencio al bosque con sus saltos atolondrados. Fue, seguramente, la que más tiempo nos siguió por el sendero, como si presumiera de su belleza y se jactara de ser la estrella del parque.

Fueron cuatro días de camping y de rústica diversión en aquel Parque Estatal, donde es aconsejable guardar en un lugar seguro la comida para no tener visitas indeseadas de algún oso hambriento por la noche y donde la perfección del atardecer se acaba cada día bajo un lago que parece mar.

Lago SuperiorLittle Carp River

A la vuelta del parque volvimos a pasar por Halder, el pueblo de Leona, y ahí conocí a los tíos y primas de Ashley. Durante la cena, el tío Todd, curioso pescador, me preguntó que peces había en Argentina. Tras mi breve descripción, él, como buen cazador, comenzó un discurso repleto de hazañas y animales exóticos, con fotos incluidas. Pero para mí, su mayor gesta era pescar en el hielo con sus amigos y dentro de una tienda de campaña. Con las fotos como ayuda, terminé de armar la escena en mi mente. Con el lago totalmente congelado y con muchos grados bajo cero en el exterior, cinco amigos se amontonaban alrededor del agujero en el hielo con sus cañas, teniendo simples conversaciones “de hombres” y dedicándole más tiempo a beber cerveza helada que a la misma pesca. Entonces, llegué a la conclusión de que no importa el rincón del mundo donde suceda y el clima que haya, ir a pescar con los amigos significa lo mismo en cualquier lugar del planeta.

Esa misma noche volvimos a Verona. Pasamos unos días más en esa zona descansado entre vacas y campos de maíz y después nos fuimos a pasar el día a Milwaukee porque al día siguiente volábamos a Nueva York desde ahí.

Milwaukee es la ciudad más grande del estado y tiene el encanto de la decadencia de una antigua ciudad industrial. Poco a poco, las fábricas abandonadas se van convirtiendo en lugares de ocio o en viviendas, conservando así la sordidez del ambiente fabril pero renovándolo con una propuesta más actual.Prohibidas las pistolas en el hotel

Como dije al empezar este post, nunca tuve pensado ir a Wisconsin, y ahora, a pocas semanas de volver, siento que a pesar de haberlo visto casi todo, me gustaría volver a verlo una vez más.

Atardecer en Wisconsin

Información para diabéticos

Para viajar por Estados Unidos es imprescindible hacerlo con un buen seguro médico ya que cualquier visita al hospital implicará una irrisoria factura de unos cuantos miles de dólares.
También hay que tener en cuenta que el transporte público es casi inexistente y las distancias muy largas, entonces pasaremos más tiempo en el coche del que nos gustaría. La falta de ejercicio físico siempre es un inconveniente para los diabéticos y tendremos que ser más cuidadosos a la hora de calcular las dosis de insulina que vayamos a inyectarnos.
Si decidimos recorrer la zona en bicicleta, recordar siempre llevar un refrigerio para posibles hipoglucemias porque hay lugares que están realmente aisladas de cualquier tienda. También se debe recalcular las dosis de insulina si vamos a hacer ejercicio por un tiempo prolongado.
La misma recomendación vale para acampar en los Parques Nacionales ya que uno se puede adentrar todo lo que quiera pero deberíamos tomar recaudos porque en determinadas zonas es imposible conseguir algo que nos saque de una hipoglucemia. Y si hacemos caminatas largas también habría que recalcular las dosis insulina tras las comidas.

Que comer

Como dije en otro post, la comida en Estados Unidos, en general, es hipercalórica y casi todas tienen un exceso de sal y de jarabe de maíz. También existen las alternativas orgánicas y ecológicas pero son bastante más caras que la comida chatarra.
Como referencia podemos tomar que 30 gramos de patatas fritas es una ración de hidratos de carbono. Y un donut tiene casi 3 raciones de hidratos de carbono.

Donde dormir

Nosotros, al ser Wisconsin la tierra de Ashley, pagamos poco por alojamiento.
El precio de una habitación doble en un hotel en Madison empieza en 70€ y en Airbnb desde 50€.
Hacer camping en el Parque Estatal Porcupine Mountains nos costó $12 USD por día.
Y dormimos en Milwaukee en un hotel con piscina por 65 €, aunque buscando, y con paciencia, se puede conseguir algo más barato.

Damián

Recent Posts

Comments/Comentarios

One Comment

  1. billy
    October 30, 2016
    Reply

    ondo pass damian!!!! te seguiremos en tu blog que tiene muy buena pinta cuidaros brother

Leave a Reply

Your email address will not be published.